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La Academia Francesa (en francés: Académie française) es una institución encargada de regular y perfeccionar el idioma francés. Fue fundada en 1635 por el cardenal Richelieu durante el reinado de Luis XIII, lo que la hace una de las instituciones más antiguas de Francia. Se compone de cuarenta miembros elegidos por sus iguales, llamados «los Inmortales». Es la primera de las cinco academias del Instituto de Francia.
Contenido |
La Academia Francesa cumple un doble papel:
Al principio la Academia no fue más que una reunión extraoficial de literatos. El cardenal Richelieu acudía frecuentemente a estas mesas redondas de gramática y crítica literaria hasta que finalmente, percibiendo el interés de tal organización para su proyecto de unificación nacional, dio a la Academia Francesa su carácter oficial.
La Academia Francesa fue fundada oficialmente en 1634 por Los estatutos y reglamentos pretendidos por el Cardenal, junto con las cartas patentes firmadas en 1635 por Luis XIII y registradas por el parlamento en 1637, consagraron el carácter oficial de una compañía de doctos, que se habían reunido hasta entonces de manera informal.
La misión que le fue asignada desde su origen fue la de fijar la lengua francesa, darle unas normas y hacerla más pura y comprensible para todos. Debe, para ser fiel a ese espíritu, empezar por componer un diccionario. La primera edición del Diccionario de la Academia Francesa fue publicado en 1694, las siguientes en 1718, 1740, 1762, 1798, 1835, 1878, 1932–1935, 1992. La novena edición está en proceso de publicación.
La Academia celebraba sus sesiones, al principio, en casa de tal o tal miembro, a partir de 1639 en casa del canciller Séguier, desde 1672 en el Louvre y, finalmente, en el Collège Quatre-Nations, convertido en palacio del Instituto de Francia, desde 1805 hasta nuestros días.
Durante esos tres siglos y medio de existencia, supo mantener sus instituciones, que funcionaron con regularidad, salvo la interrupción entre 1793 y 1803 durante la Revolución, el Directorio y el Consulado.
El cardenal Richelieu se había proclamado protector de la Academia. Tras su muerte, esta protección la asumieron el canciller Séguier, Luis XIV y, tras ellos, todos los reyes y jefes del estado de Francia.
La historia de esta primera etapa de la Academia se dio a conocer a través del relato detallado escrito por dos de sus miembros en Histoire de l’Académie Française, cuyo primer volumen, aparecido en 1653, es de Paul Pellisson y el segundo, aparecido en 1729, del abad de Olivet.
El origen de los cuarenta sillones de la Academia Francesa lo relata el académico Charles Pinot Duclos: «Antiguamente no había más que un sillón en la Academia, que era el sitio del director. Todos los demás académicos, fueran del rango que fueran, no tenían más que sillas. El cardenal de Estrées, habiéndose quedado inválido, buscó un alivio para su estado en la asiduidad a nuestras asambleas: vemos a menudo a quienes la edad, las desgracias o el hastío de la grandeza fuerzan a renunciar, venir a buscar consuelo en nosotros o desengañarse. El cardenal pidió que se le permitiera solicitar un asiento más cómodo que una silla. Se rindieron cuentas a Luis XIV quien, previendo las consecuencias de tal distinción, ordenó al intendente del guardamuebles hacer traer cuarenta sillones a la Academia y confirmó para siempre la igualdad académica. La compañía no podía esperar menos de un rey que había querido declararse el protector».
Un gran número de escritores, con frecuencia ilustres, no han atravesado nunca las puertas de la Academia, bien porque nunca han sido candidatos, o bien porque su candidatura ha sido desestimada, o incluso porque han muerto prematuramente. La expresión «41º sillón» la forjó el escritor Arsène Houssaye en 1855 para designar a estos autores. De entre los nombres célebres que podríamos citar, nos quedamos con los de Descartes, Molière, Pascal, De La Rochefoucauld, Rousseau, Diderot, Beaumarchais, Chénier, Honoré de Balzac, Alexandre Dumas (padre), Gautier, Flaubert, Stendhal, Nerval, Maupassant, Baudelaire, Émile Zola, Daudet, Marcel Proust, Gide, Giraudoux, Camus, etc.
En virtud de la ley de programa para la investigación (2006), la Academia Francesa es una persona jurídica de derecho público con un estatuto particular gestionado por sus miembros en asamblea. Elige a su secretario perpetuo que, como su nombre indica, ejerce hasta su fallecimiento o su dimisión. Esta permanencia le convierte en el personaje más importante de la institución. La asamblea elige igualmente, cada tres meses, un presidente encargado de presidir las sesiones.
La Academia Francesa se compone de cuarenta miembros elegidos por sus iguales. Desde su fundación, ha recibido en su seno a más de 700 miembros. Agrupa a poetas, novelistas, dramaturgos, filósofos, historiadores, médicos, científicos, etnólogos, críticos de arte, militares, personalidades del Estado, personalidades de la Iglesia, que han ilustrado especialmente la lengua francesa.
Los académicos deben su sobrenombre de inmortales al lema «A la inmortalidad», que figura sobre el sello cedido a la Academia por su fundador, el cardenal Richelieu, y que se refiere a la lengua francesa y no a los académicos. Con frecuencia, se les ha llamado a ser jueces ilustrados del buen uso de las palabras, a precisar las nociones y los valores de los que estas palabras son portadoras. Esta autoridad moral en materia de lenguaje se enraíza en usos, tradiciones, un fasto.
La elección en la Academia Francesa es a menudo considerada por la opinión pública como una consagración suprema. Dicho esto, siempre ha existido una «contra cultura» encabezada por autores que la Academia ha rechazado o que no han sido propuestos. Estos autores critican con virulencia a la Academia y a los académicos, que esperan en vano pasar a la «prosteridad» [sic], según la palabra de Jean Cocteau.
Edmond Rostand, académico, se burla de la Academia en Cyrano de Bergerac (teatro) evocando con ironía a los miembros olvidados de la primera generación.
En 1980, Marguerite Yourcenar, novelista y ensayista, fue la primera mujer elegida en la Academia Francesa. Desde entonces, la Academia ha acogido a Jacqueline Worms de Romilly en 1988, a Hélène Carrère d’Encausse en 1990, a Florence Delay en 2000 y a Assia Djebar en 2005.
El célebre traje verde que visten los académicos, con el bicornio, la capa y la espada, durante las sesiones solemnes bajo la Coupole, fue diseñado durante el Consulado, por el pintor Jean-Baptiste Isabey. Es común a todos los miembros del Instituto de Francia. Los «Inmortales» y los eclesiásticos están exentos de llevarlo, así como la espada. Romilly, Carrère d’Encausse y Delay optaron por el traje verde durante su investidura. Carrère d’Encausse fue la primera mujer en llevar la espada, un arma que creó para la ocasión el orfebre georgiano Goudji. Delay y Djebar también escogieron llevar la espada. En cuanto a la helenista Jacqueline de Romilly, recibió un broche simbólico durante su elección en la Academia de las Inscripciones y Lenguas Antiguas en 1975.
La calidad de académico es un privilegio inamovible. Nadie puede dimitir de la Academia Francesa. Todo aquel que se declare dimisionario no será remplazado antes de su muerte: Pierre Emmanuel y Julien Green son dos ejemplos recientes.
La Academia puede sentenciar las exclusiones por motivos graves, sobre todo por aquellos que manchan el honor. Estas exclusiones a lo largo de la historia han sido muy poco frecuentes. Varias fueron puestas en marcha tras la Segunda Guerra Mundial por colaboración: Charles Maurras, Abel Bonnard, Abel Hermant, Philippe Pétain.
El 24 de octubre de 1989, se propuso al Consejo Superior la reflexión sobre cinco puntos concernientes a la ortografía:
Sobre estos cinco puntos se han fijado las propuestas de la Academia Francesa. No conciernen sólo a la ortografía del vocabulario existente, sino también el vocabulario que surja, en particular en el ámbito de las ciencias y la tecnología.
Estas rectificaciones, presentadas por el Consejo Superior de la Lengua Francesa, obtuvieron críticas favorables por parte de todos los miembros de la Academia Francesa, así como por el acuerdo del Consejo de la Lengua Francesa de Québec y el de la comunidad francesa de Bélgica.
Las rectificaciones, moderadas en su contenido y extensión, fueron publicadas por el Journal Officiel el 6 de diciembre de 1990 y podrían resumirse en los siguientes puntos: