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Museo del Prado

                   
Museo del Prado
Madrid-prado.jpg
Fachada principal del Museo del Prado, con la estatua de Velázquez.
Información geográfica
Coordenadas 40°24′50″N 3°41′33″O / 40.41389, -3.6925Coordenadas: 40°24′50″N 3°41′33″O / 40.41389, -3.6925
País Bandera de España España.
Ciudad Bandera de Madrid.svg Madrid.
Información general
Construcción Proyecto aprobado en 1786 (originalmente para albergar el Real Gabinete de Historia Natural).
Inauguración 19 de noviembre de 1819, 192 años.
Superficie 45.000 aprox.
Director Miguel Zugaza (desde 2002).
Presidente (del Real Patronato) Plácido Arango (desde 2007).
Conservador (Director adjunto de Conservación e Investigación) Gabriele Finaldi (desde 2002).
Información visitantes
Visitantes/año 2.911.000 (2011).[1]
Dirección Calle Ruiz de Alarcón, 23 (Retiro).
Metro Atocha MiniLogoMetroMadrid.png Madrid-MetroLinea1.svg
Banco de España MiniLogoMetroMadrid.pngMadrid-MetroLinea2.svg
Sitio web Página del Museo.
  Las puertas de Goya (alta y baja) del Museo.[nota 1]
  Estatua de Murillo frente a la puerta homónima (entrada sur).
  Claustro de los Jerónimos, en la ampliación.

El Museo Nacional del Prado, en Madrid, España, es uno de los más importantes del mundo,[2] [3] así como uno de los más visitados (el undécimo en 2010).[4]

Singularmente rico en cuadros de maestros europeos de los siglos XVI al XIX, su principal atractivo radica en la amplia presencia de Velázquez, El Greco, Goya (el artista más extensamente representado en la colección),[5] Tiziano, Rubens y El Bosco, de los que posee las mejores y más extensas colecciones que existen a nivel mundial,[6] [7] a lo que hay que sumar destacados conjuntos de autores tan importantes como Murillo, Ribera, Zurbarán, Rafael, Veronese, Tintoretto o Van Dyck, por citar sólo los más relevantes.

Por crónicas limitaciones de espacio, el museo exhibía una selección de obras de máxima calidad (unas 900), por lo que era definido como «la mayor concentración de obras maestras por metro cuadrado». Con la ampliación de Rafael Moneo, se previó que la selección expuesta crecería en un 50%, con unas 450 obras más.[8] En julio de 2011, muy avanzada la reorganización de las salas, la exhibición permanente ha sumado unas 300 obras, por lo que el total expuesto llega a 1.150, de un inventario de más de 8.600.[9] Además de las pinturas, el Prado posee alrededor de 950 esculturas, 6.400 dibujos, 2.400 grabados, 800 objetos de artes decorativas, 900 monedas y 800 medallas.[10]

Al igual que otros grandes museos europeos, como el Louvre de París y los Uffizi de Florencia, el Prado debe su origen a la afición coleccionista de las dinastías gobernantes a lo largo de varios siglos. Refleja los gustos personales de los reyes españoles y su red de alianzas y sus enemistades políticas, por lo que es una colección asimétrica, insuperable en determinados artistas y estilos, y limitada en otros. Sólo desde el siglo XX se procura, con resultados desiguales, solventar las ausencias más notorias.

El Prado no es un museo enciclopédico al estilo del Museo del Louvre, el Hermitage, la National Gallery de Londres, o incluso (a una escala mucho más reducida) el vecino Museo Thyssen-Bornemisza, que tienen obras de prácticamente todas las escuelas y épocas. Por el contrario, es una colección intensa y distinguida, formada esencialmente por unos pocos reyes aficionados al arte, donde muchas obras fueron creadas por encargo. El núcleo procedente de la Colección Real se ha ido complementando con aportaciones posteriores, que apenas han desdibujado su perfil inicial. Muchos expertos la consideran una colección «de pintores admirados por pintores», enseñanza inagotable para nuevas generaciones de artistas, desde Manet, Renoir y Toulouse-Lautrec, que visitaron el museo en el siglo XIX, hasta Picasso, Matisse, Dalí, Francis Bacon y Antonio Saura, quien decía: «Este museo no es el más extenso, pero sí el más intenso».[11]

Las escuelas pictóricas de España, Flandes e Italia (sobre todo Venecia) ostentan el protagonismo en el Prado, seguidas por el fondo francés, más limitado si bien incluye buenos ejemplos de Nicolas Poussin y Claudio de Lorena. La pintura alemana cuenta con un repertorio discontinuo, con cuatro obras de Durero y múltiples retratos de Mengs como principales tesoros. Junto al breve repertorio de pintura británica, circunscrito casi al género del retrato, hay que mencionar la pintura holandesa, una sección no demasiado amplia pero que incluye a Rembrandt.

Aunque sean aspectos menos conocidos, el museo cuenta también con una importante sección de Artes decorativas (Tesoro del Delfín) y con una destacada colección de esculturas greco-romanas.

Junto con el Museo Thyssen-Bornemisza y el Museo Reina Sofía, el Museo Nacional del Prado forma el Triángulo del Arte, meca de numerosos turistas de todo el mundo. Esta área se enriquece con otras instituciones cercanas: el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional de Artes Decorativas, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y otros pequeños museos.

Contenido

  Historia

El edificio que alberga el Museo del Prado fue concebido inicialmente por José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca y Primer Secretario de Estado del rey Carlos III, como Real Gabinete de Historia Natural, en el marco de una serie de instituciones de carácter científico (pensadas según la nueva mentalidad de la Ilustración) para la reurbanización del paseo llamado Salón del Prado. Con este fin, Carlos III contó con uno de sus arquitectos predilectos, Juan de Villanueva, autor también de los vecinos Real Jardín Botánico y Real Observatorio Astronómico, con los que formaba un conjunto conocido como la Colina de las Ciencias.

El proyecto arquitectónico de la actual pinacoteca fue aprobado por Carlos III en 1786. Supuso la culminación de la carrera de Villanueva y una de las cimas del Neoclasicismo español, aunque dada la larga duración de las obras y avatares posteriores, el resultado definitivo se apartó un tanto del diseño inicial.

Las obras de construcción se desarrollaron durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, quedando el edificio prácticamente finalizado a principios del siglo XIX. Pero la llegada de las tropas francesas a España y la guerra de la Independencia dejaron su huella en él; se destinó a fines militares (cuartel de caballería) y cayó prácticamente en un estado de ruina; las planchas de plomo de los tejados fueron fundidas para la fabricación de balas.

  La reina Isabel de Braganza, considerada la inspiradora del Museo, en una estatua de José Álvarez Cubero perteneciente a la propia colección del Prado.

Sólo gracias al interés manifestado por Fernando VII y, sobre todo, por su segunda esposa, Isabel de Braganza, se inició, a partir de 1818, la recuperación del edificio, sobre la base de nuevos diseños del propio Villanueva, sustituido a su muerte por su discípulo Antonio López Aguado.

El 19 de noviembre de 1819 se inauguraba discretamente el Museo Real de Pinturas (primera denominación del museo), que mostraba algunas de las mejores piezas de las Colecciones Reales Españolas, trasladadas desde los distintos Reales Sitios. En este comienzo el museo contaba con 311 cuadros expuestos en tres salas, todos ellos de pintores de la escuela española, aunque almacenaba muchos más. En años sucesivos se irían añadiendo nuevas salas y obras de arte, destacando la incorporación de los fondos del Museo de la Trinidad, creado a partir de obras de arte requisadas en virtud de la Ley de Desamortización de Mendizábal (1836). Dicho museo fue absorbido por el Prado en 1872.

Tras el destronamiento de la reina Isabel II de España en 1868, el Museo Real pasó a ser nacional, medida ya irreversible tras absorber al citado de la Trinidad, puesto que ello supuso además que asumiera la designación como Museo Nacional de Pintura y Escultura que hasta entonces había tenido éste. Esta denominación se mantuvo hasta 1920, año en que por real decreto de 14 de mayo recibió oficialmente la actual de Museo Nacional del Prado, que era de hecho como se lo conocía habitualmente ya con anterioridad.[12] Después se fueron integrando en él otras instituciones, entre las que destaca especialmente el Museo de Arte Moderno en 1971 —salvo su sección del siglo XX, que se convertiría posteriormente en la base inicial del Museo Reina Sofía—. Otras colecciones que engrosaron la del Prado fueron las pinturas del Museo de Ultramar, que habían sido traspasadas al Museo de Arte Moderno tras su disolución en 1908, y parte de la colección del Museo Iconográfico, efímero museo instalado provisionalmente en 1879 en el mismo edificio del Museo del Prado y que una década más tarde fue suprimido, repartiéndose sus fondos entre varios museos, incluido el Prado, bibliotecas y sedes de organismos oficiales.[13] El ingreso de las colecciones de otros museos obligó a la institución a incrementar su política de difusión de fondos, mediante la creación de depósitos estables de obras de arte en otras instituciones públicas y privadas, en España y también en algunos casos en el exterior (embajadas y consulados).

Durante el siglo XIX y buena parte del XX el Prado vivió una situación de cierta precariedad, pues el Estado le brindó un apoyo y unos recursos insuficientes. Las deficientes medidas de seguridad, con una parte del personal del museo residiendo en él y montones de leña almacenados para las estufas, provocaron la alarma de algunos entendidos. Fue muy sonado el artículo de Mariano de Cavia publicado en 1891 en la portada de El Liberal, que relataba un ficticio incendio que había arrasado el Prado. Los madrileños se acercaron al lugar alarmados, y la falsa noticia ayudó a la adopción de algunas mejoras de urgencia.

  La sala donde se exponen las majas vestida y desnuda, de Goya.

A pesar de diversas ampliaciones de alcance menor, el Prado sufría limitaciones de espacio, más graves a partir de los años 60, cuando el boom turístico disparó el número de visitantes. Poco a poco, la pinacoteca se adaptó a las nuevas exigencias técnicas; el sistema de filtrado y control del aire se instaló en los años 80, coincidiendo con la restauración de muchas pinturas de Velázquez. El tejado, construido con materiales dispares y mediante sucesivos remiendos, sufrió ocasionales goteras, hasta que en 1995 se convocó un concurso restringido para su remodelación integral, ganado por los arquitectos Dionisio Hernández Gil y Rafael Olalquiaga, ejecutándose las obras entre 1996 y 2001.[14]

En 1995, un acuerdo parlamentario suscrito por los dos principales partidos de las Cortes, PP y PSOE, puso al museo a salvo de los vaivenes políticos y proporcionó la calma necesaria para un proceso de modernización, que incluía cambios jurídicos además de la ampliación. Ésta, tras un controvertido concurso de ideas, fue adjudicada al arquitecto Rafael Moneo, ya bien conocido en estas lides por sus trabajos en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida y el Museo Thyssen-Bornemisza, entre otros.

El Prado es gobernado por un director (actualmente Miguel Zugaza, en el cargo desde el año 2002), asistido por el Real Patronato del Museo, presidido desde 2007 por el empresario y coleccionista Plácido Arango.[15] Su presupuesto previsto para el año 2012 es de 44 millones de , de los que un 63% corresponderá a ingresos generados por el propio Museo: venta de entradas (10 millones de € en 2010),[16] tiendas y patrocinios privados, y el resto a la aportación del Estado.[17]

  Directores del Museo

La dirección del Museo del Prado, desde su fundación al momento presente se desarrolla en tres grandes etapas:

  1. Grandes de España (Marqués de Santa Cruz, Príncipe de Anglona, Duque de Híjar), que asumieron labores administrativas ayudados para las cuestiones artísticas por pintores como Vicente López, primer pintor de Cámara de Fernando VII.
  2. Pintores de Corte, académicos y otros artistas de gran reputación (era condición necesaria haber obtenido primeras medallas en exposiciones nacionales o extranjeras) (José de Madrazo, Juan Antonio de Ribera, Federico de Madrazo, Antonio Gisbert, Francisco Sans Cabot, Vicente Palmaroli, Francisco Pradilla o José Villegas, entre otros).
  3. Historiadores de arte (Aureliano de Beruete y Moret, Francisco Javier Sánchez Cantón, Diego Angulo Íñiguez, Xavier de Salas, José Manuel Pita Andrade, Alfonso E. Pérez Sánchez, Francisco Calvo Serraller, José María Luzón Nogué, Fernando Checa Cremades o el actual director, Miguel Zugaza Miranda).

  Colecciones

  Formación

La colección de pintura del Museo sobrepasa las 8.600 obras. De ellas, poco más de 3.000 proceden de la Colección Real, algo más de 2.000 del Museo de la Trinidad y el resto, más de 3.500, del fondo denominado de Nuevas Adquisiciones, en el que se integran también las que realizó el Museo de la Trinidad y las pinturas que recibió en 1971 del Museo de Arte Moderno.[9]

  La Colección Real

El núcleo original de las colecciones del Museo del Prado procede de la monarquía española. Los reyes de España fueron coleccionistas de arte durante siglos, y repartieron sus adquisiciones y encargos por las numerosas residencias que acumularon en toda la Península Ibérica: el Alcázar de Madrid, el Palacio de El Pardo, la Torre de la Parada, el Buen Retiro, La Granja de San Ildefonso, Aranjuez, así como los monasterios de Yuste y El Escorial.

  • Antecedentes: La Colección Real de pinturas tal como hoy se conoce se cimentó en tiempos de Felipe II. Los Reyes Católicos y monarcas anteriores ya encargaron y coleccionaron pinturas, pero sus colecciones solían deshacerse cuando fallecían. Eran bienes vinculados a la persona y no a la institución a la que ésta representaba y por ello al morir se repartían entre sus herederos. De la colección de Isabel la Católica subsiste la pequeña parte que donó a la Capilla Real de Granada; incluye La Oración del Huerto, una rara pintura de Sandro Botticelli.
  • Los Habsburgo: Carlos I encargó mayoritariamente retratos y obras religiosas con un fin práctico, sin ánimo de coleccionar. Hay que destacar que tuvo a su servicio a Tiziano, a quien otorgó la exclusividad de retratarlo, a semejanza de lo que hiciera Alejandro Magno con Apeles. Fue su hijo Felipe II quien empezó a valorar la Colección Real como un tesoro a preservar, y la adscribió a la Corona como patrimonio indivisible. El llamado «Rey prudente» reunió numerosas pinturas compradas por su padre, y otras que procedían de la colección de su tía, María de Hungría. Añadió importantes obras a las colecciones reales, como las significativas pinturas de El Bosco. Felipe III no contó con artistas de renombre internacional a su servicio como su padre y su abuelo, pero su hijo Felipe IV otorgó a la colección de la Corona española una categoría superior entre las colecciones reales europeas, en buena medida debido a la decoración de la Torre de la Parada y del Palacio del Buen Retiro, construido éste último bajo su reinado y la primera profundamente reformada.[18] Felipe IV, además, tuvo a su servicio a Velázquez durante cuarenta años. Carlos II, pese a vivir en una de las épocas más críticas de la Historia de España, consiguió lo que ninguno de sus antecesores había logrado: poner al servicio de España al artista de mayor reputación en Europa, Luca Giordano (en España también llamado Lucas Jordán), al que llamó desde Nápoles para encargarle numerosas obras reales, retratos y decoraciones. También reclamó al considerado como mejor bodegonista napolitano del siglo XVII, Giuseppe Recco, pero falleció poco después de desembarcar en el puerto de Alicante.[19] Además de esto, el rey preservó la unidad de la colección, vinculándola a la corona y prohibiendo su venta o desmembración. Así, impidió que la Adoración de los Magos de Rubens fuese enviada por su esposa Mariana de Neoburgo a su familia en Alemania, aunque no pudo evitar en cambio que Mariana mandase a su hermano Juan Guillermo de Neoburgo otro lienzo del flamenco, la Reconciliación de Esaú y Jacob, hoy en la Staatsgalerie Schleissheim.[20]
  • La Invasión Napoleónica fue un terrible desastre para el patrimonio histórico-artístico español, del que no se libró la Colección Real. En su huida, José Bonaparte (que ya previamente había expoliado las Joyas de la Corona Española) se llevó un numeroso conjunto de pinturas, más de doscientas, de pequeño y mediano formato, fácilmente transportables, escogidas entre las de mayor calidad de la Colección. Dicho cargamento fue interceptado por las tropas del Duque de Wellington tras la Batalla de Vitoria. El Duque informó al Rey, solicitándole instrucciones para efectuar la devolución de las obras, pero éste le respondió que se las regalaba. Perplejo por la respuesta, Wellington volvió a escribirle, agradeciéndole su generosidad pero diciéndole que era un regalo que no podía aceptar, puesto que eran piezas muy numerosas y de gran valor que eran propiedad de la Corona Española, y pidiéndole de nuevo que le indicara los detalles para devolvérselas. Sin embargo Fernando VII persistió en su absurda postura, con lo que dichas obras (que incluían cuadros tan extraordinarios como El aguador de Sevilla, de Velázquez o La oración en el huerto, de Correggio) acabaron en manos del Duque, episodio conocido irónicamente por los británicos como The Spanish Gift, el Regalo Español, conservándose actualmente parte de ellas en su residencia londinense de Apsley House (además el coronel James Hay se apropió por su cuenta de El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck, en el que Velázquez se inspirara para pintar Las Meninas, hoy en la National Gallery de Londres).[22] Más adelante, Fernando VII, con el impulso imprescindible de su esposa Isabel de Braganza culminó un proyecto esbozado ya en tiempos de su padre: la fundación de un museo a la imagen del Louvre de París, que exhibiera las piezas más escogidas de la colección real. Fernando aportó dinero de su «bolsa personal» o «bolsillo secreto», remozó el edificio proyectado por Carlos III e inauguró el Museo del Prado el 19 de noviembre de 1819, como una dependencia de la Corona. El museo, con la denominación de Museo Real, se mantuvo como propiedad de los reyes hasta el destronamiento de Isabel II (1868). Ya anteriormente había eludido un gravísimo peligro, cuando se planteó, por cuestiones hereditarias, dividir los fondos entre la reina y su hermana. Este problema pudo solucionarse felizmente al llegarse al acuerdo de que la reina pagara a su hermana María Luisa Fernanda la parte que le correspondía en metálico, quedándose ella con la totalidad de la colección. La fusión del Prado con el Museo de la Trinidad terminó por afianzar su nueva condición de Museo Nacional.
Los principales artífices de la colección real de pintura
Tizian 081.jpg Portrait of Philip II of Spain by Sofonisba Anguissola - 002b.jpg Retrato de Felipe IV en armadura, by Diego Velázquez.jpg Isabel de Parma.jpg
Carlos I (15001558)
por Tiziano
Comenzó la colección y tuvo predilección por Tiziano.
Felipe II (15271598)
por Sofonisba Anguissola
Continuó con Tiziano y cimentó la colección de pintura flamenca del siglo XVI, especialmente El Bosco y Moro.
Felipe IV (16051665)
por Velázquez
Enriqueció considerablemente la colección, sobre todo con Velázquez, Rubens y pintura italiana.
Isabel de Farnesio (16921766)
por Jean Ranc
Formó la colección de Murillo, compró las esculturas de Cristina de Suecia y hasta 351 de sus pinturas ingresaron en el Prado.

  El Museo de la Trinidad

En la formación de las colecciones del Museo del Prado, el antiguo Museo de la Trinidad representa el segundo gran núcleo, aunque la extensión, variedad y calidad de sus fondos fueran mucho menores que los de la Colección Real. Fue creado este museo, que se denominó Nacional, como consecuencia de las Leyes de Desamortización de Mendizábal (1835-36), cuya magnitud y extensión creó en muchas personas una lógica preocupación por las obras de arte conservadas en las iglesias y conventos afectados. Como respuesta a esta inquietud, se decidió reunir en el antiguo convento de la Trinidad Calzada (del que el Museo tomó su nombre), sito en la calle Atocha de Madrid y fundado por Felipe II, las obras de arte que guardaban estos institutos religiosos.

A esto se sumaron las colecciones propiedad del infante Sebastián Gabriel de Borbón, incautadas en represalia por su adscripción al bando carlista, aunque posteriormente se le devolvieron, en 1859, y no llegaron a incorporarse al Prado (si bien algunas acabaron ingresando años más tarde en el museo mediante adquisición, como el Bodegón de caza, hortalizas y frutas, de Sánchez Cotán, comprado en 1991). Además, se fueron añadiendo numerosas adquisiciones de obras de arte contemporáneo realizadas por el Estado en las exposiciones que organizó primero la Academia de San Fernando y luego los certámenes conocidos como Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, iniciadas en 1856. Con estos cuantiosos fondos, el museo fue inaugurado en 1838, aunque en condiciones bastante precarias, situación que se mantendrá durante toda la corta vida de este museo. La inmensa mayoría de las obras procedía de la propia provincia de Madrid y el resto de algunas provincias cercanas, como Ávila, Toledo, Segovia, Burgos y Valladolid, y se trataba sobre todo de grandes cuadros de altar u obras pequeñas de tipo devocional, incluyendo también algunas tallas religiosas. Casi todos los autores eran españoles, por lo que se pretendió articular la colección en torno a la creación de la llamada "Escuela española de pintura". A las piezas fundacionales se unieron algunas adquisiciones que el museo realizó más adelante, entre las que destacan la Anunciación de época italiana de El Greco y una serie de retratos de Goya. El museo pronto recibió muchas críticas por el estado de conservación de las obras, por la falta de rigor en su presentación y por la escasa adecuación del espacio a sus usos. Esta situación se vio del todo agravada con la instalación en el mismo edificio del Ministerio de Fomento en 1849. Finalmente, se decidió disolverlo, incorporando sus fondos al Museo del Prado, en el año 1872, provocando en éste una situación paradójica, pues si bien la colección de pintura de tipo religioso se vio completada de forma magnífica, por otro lado aumentó aun más la ya de por sí crónica saturación de espacios de que adolecía la institución, lo que dio inicio a la política de depósitos y cesiones que se ha mantenido hasta el presente (al Prado se incorporaron menos de 200 obras, mientras que 650 fueron depositadas en otras instituciones). Entre los fondos que el extinto museo aportó al Prado destacan las series de la Vida de San Pedro Mártir y deSanto Domingo de Guzmán, de Pedro Berruguete, procedentes del Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila; El triunfo de San Agustín, la obra más importante de Claudio Coello que tiene el Museo, del convento de agustinos de Alcalá de Henares; las pinturas del retablo de las Cuatro Pascuas de la iglesia de San Pedro Mártir de Toledo, de Maíno, quizá la cima creativa de este artista; el retablo del Colegio de doña María de Aragón, de Madrid, obra fundamental de El Greco; La Fuente de la Gracia y triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, del taller de los van Eyck (Monasterio de El Parral -Segovia-), así como otras obras de Goya, Alonso Cano, Francisco Ricci, Ambrosius Benson, Cajés, y representación de casi todos los pintores de la escuela madrileña del siglo XVII.

En el año 2004 se organizó una exposición mostrando los tesoros que, procedentes de este museo, se conservan en el Prado.[23]

  El Museo de Arte Moderno

  El pintor Aureliano de Beruete, por Joaquín Sorolla, obra donada al M.A.M. por la viuda del retratado, María Teresa Moret.

El Museo de Arte Moderno (M.A.M.) fue un Museo Nacional dedicado al arte de los siglos XIX y XX que existió de 1894 a 1971, año en que sus colecciones de arte decimonónico fueron absorbidas por el Prado, mientras que las del siglo XX permanecieron en el Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), antecesor del actual Museo Reina Sofía.

Fue creado jurídicamente mediante un Real Decreto de 4 de agosto de 1894 y se ubicaba en el Palacio de Bibliotecas y Museos, sede asimismo de la Biblioteca Nacional y del Museo Arqueológico Nacional, ocupando el ángulo suroeste del mismo. La apertura oficial de sus instalaciónes tuvo lugar en 1898.

Hasta la constitución del M.A.M. la colección pública de arte contemporáneo español fue responsabilidad también del propio Museo del Prado, que desde su primer catálogo, redactado por Luis Eusebi, se hacía eco de una sección unitaria denominada “Escuelas contemporáneas de España”, y más tarde simultaneó su labor de coleccionismo contemporáneo con el Museo de la Trinidad, que del mismo modo tenía en sus catálogos una “Galería de cuadros contemporáneos”, obras que procedían en este último caso de las adquisiciones que realizaba el Estado en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes así como de algunas donaciones. Sin embargo este último fue disuelto, integrándose en 1872 sus fondos en el Prado. Tras la apertura del Museo de Arte Moderno, el Museo del Prado continuó ingresando pintura del siglo XIX, española y europea, y exhibiéndola en sus salas. Entre los más importantes ingresos de pintura decimonónica ingresados en el Prado mientras el M.A.M permaneció abierto destaca el conocido Legado Ramón de Errazu, compuesto básicamente por pinturas del siglo XIX, que no salió del edificio Villanueva hasta después de 1971.

El Museo de Arte Moderno constaba de dos departamentos, pintura y escultura, marcando un Real Decreto de 26 de octubre de 1895 el límite cronológico en Goya, considerado el “último representante de la antigua pintura española”. Estableciendo un criterio de “carácter universal”, para entroncar el arte español con el de las “naciones cultas”, las colecciones debían comenzar en «la época en que las teorías estéticas puestas en práctica por David o Canova e introducidas en España a principios del presente siglo, cambiaron la corriente del arte nacional», es decir, a partir de José Madrazo y los otros discípulos españoles de David en cuanto a pintura y de José Álvarez Cubero y Antonio Solá en lo referente a la escultura.

Se realizó un único catálogo de las colecciones, el "Catálogo provisional del Museo de Arte Moderno", en 1899, del que se hizo una segunda edición un año más tarde y en el que figuraban seiscientos noventa y tres pinturas y dibujos. En 1985 se publicó el "Catálogo de las pinturas del siglo XIX" del Museo del Prado, que unificaba las que el propio Museo del Prado había conservado en sus fondos durante la existencia del M.A.M., con las que habían estado allí expuestas, así como los depósitos en otras sedes hechos por ambas instituciones. En él aparecían piezas de cerca de un centenar de autores, figurando movimientos artísticos como el neoclasicismo, el romanticismo y el realismo, pero estando ausentes otros como el impresionismo y el postimpresionismo. La gran mayoría eran de artistas españoles, aunque también había unos pocos ejemplos de la obra de artistas de otros países, como el francés Jean-Louis-Ernest Meissonier, el neerlandés afincado en Gran Bretaña Lawrence Alma-Tadema o el belga Théo van Rysselberghe. Firmado por Joaquín de la Puente, solo se refería a las obras que físicamente se conservaban en el edificio del Casón del Buen Retiro, y no a las obras que todavía entonces quedaban en el de Villanueva ni, sobre todo, a los cuantiosos depósitos fuera del Prado.

Uno de los más graves problemas que sufrió el Museo durante toda su existencia fue el de la falta de espacio. Por una parte llegó a atesorar un elevado número de obras, entre las que había muchas pinturas de gran formato, algo muy habitual en el género de la pintura de historia, uno de los más pujantes en la segunda mitad del siglo XIX. Por otro está el hecho de que tuviera que compartir el Palacio de Bibliotecas y Museos con varias instituciones más, entre las que se contaban la Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Archivo Histórico Nacional o la Sociedad de Amigos del Arte, lo que hizo que le correspondiera sólo una parte del mismo. El resultado fue que se pusiera en práctica una política de depósito de obras en museos provinciales y organismos administrativos oficiales -que en realidad había puesto en práctica ya el propio Museo del Prado desde la incorporación del Museo de la Trinidad-, acabando la mayoría de los fondos fuera de la propia institución. Este es precisamente el origen de una parte importante del actual Prado disperso. El único intento que se hizo para solventar esta situación fue la convocatoria en 1933 de un concurso nacional de arquitectura con el fin de dotar al Museo de una nueva sede, que se construiría en la prolongación del paseo de la Castellana. Se seleccionó el proyecto del arquitecto zaragozano Fernando García Mercadal, pero nunca llegó a edificarse.[24]

  Nuevas adquisiciones

  La Trinidad, de José de Ribera, la primera adquisición del Museo del Prado.

Desde los inicios del Prado hubo interés por completar las colecciones mediante la adquisición de nuevas obras y de hecho a los pocos meses de inaugurarse, el 5 de abril de 1820, se compró la primera de ellas, La Trinidad, de José de Ribera, por la que Fernando VII pagó 20.000 reales al pintor Agustín Esteve.[25] [26]

Las adquisiciones del Museo han sido muy importantes en cuanto a calidad y número (más de 2.300 obras sólo en el apartado de pinturas) y, como se ha señalado, han tenido lugar por diferentes vías.[27] Por un lado, las donaciones, herencias y legados, fundamentales en su propia naturaleza filantrópica y su muchas veces buscado papel de complemento de las colecciones existentes. Por otro, la política de adquisición de obras de arte por parte del Estado, que ha tenido muchas veces como beneficiario al Prado. En este último aspecto es de destacar la modalidad del pago de impuestos mediante obras de arte, o dación, adoptada por la ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 y que ha enriquecido las colecciones estatales de forma muy notable. Esta posibilidad, inspirada en la famosa "Ley Malraux" francesa, se podía aplicar en un primer momento al Impuesto de Sucesiones, extendiéndose a cualquier deuda tributaria en virtud de la ley de Mecenazgo de 2002.

Las políticas encaminadas al engrandecimiento del Prado han tendido más a reforzar las colecciones existentes que a suplir las faltas. Se han incorporado así obras de Velázquez (El barbero del Papa), Goya o Valdés Leal, aunque también algunas de artistas con pobre presencia en las colecciones, como Lucas Cranach el Viejo (una muy destacable Virgen con el Niño, dación del empresario Juan Abelló en 1988) o Juan de Flandes (su obra maestra La Crucifixión, pintada para el retablo mayor de la catedral de Palencia, recibida en 2005 también como dación de pago de impuestos, en este caso de la empresa Ferrovial -7 millones de -).[28]

Sería prolijo detallar todas las adquisiciones hechas por el Museo en sus casi 200 años de existencia. En cuanto a los legados, el más destacable de épocas recientes fue el hecho por Manuel Villaescusa, en 1991. Con su importe, 7.000 millones de pesetas,[29] se compró un grupo de obras entre las que descuellan el Bodegón de caza, hortalizas y frutas de Sánchez Cotán, Ciego tocando la zanfonía de Georges de La Tour (pintor sin presencia en el Museo hasta ese momento), la Fábula de El Greco y parte de La condesa de Chinchón, de Goya, sufragado en su otra parte con fondos estatales (ésta última calificada como "adquisición del año" a nivel mundial por la revista Apollo).

  La condesa de Chinchón, de Goya, la adquisición más destacada del Museo en los últimos años.

Remontándonos en el tiempo, fueron también muy sobresalientes la donación del barón Frédéric Émile d'Erlanger (1881) y los legados de Ramón de Errazu (1904), Pablo Bosch (1915) y Pedro Fernández-Durán (1931), así como la donación Cambó (1941). El donativo del banquero belga Emile d'Erlanger consistió en la serie de Pinturas negras de la Quinta del Sordo, finca ubicada a orillas del río Manzanares que había pertenecido al propio Goya y que d'Erlanger había adquirido en 1873, haciendo pasar a lienzo las pinturas, que habían sido ejecutadas sobre las paredes de la misma casa. Tras intentar infructuosamente venderlas en París acabó por donarlas al Prado, casi como un modo de deshacerse de ellas, al constatar que, en aquella época, no eran excesivamente apreciadas.[30] El mexicano de raíces españolas (vasco-navarras y andaluzas) Ramón de Errazu legó en su testamento al Museo veinte óleos y cinco acuarelas de artistas del siglo XIX, entre los que destacan Mariano Fortuny y Raimundo Madrazo y los franceses Ernest Meissonier (del que además donó en 1904 el Retrato de una dama al Museo de Arte Moderno y que acabó también en el Prado al absorber los fondos decimonónicos de aquél en 1971); y Paul Baudry, del que legó La perla y la ola, uno de los desnudos más destacados de los que se pintaron en el París del Segundo Imperio, y que fue adquirido por la emperatriz Eugenia de Montijo tras ser expuesto en Salón de 1863.[31]

La del barcelonés Pablo Bosch fue una de las donaciones más importantes de la historia del Museo. Entre las 89 obras procedentes de su colección (por la que había recibido sustanciosas ofertas del extranjero, especialmente de Alemania) destacan las piezas de pintores góticos españoles y de primitivos flamencos, además de una valiosa colección de monedas y medallas.[32] El legado del madrileño Fernández-Durán comprendió una muy nutrida colección de dibujos, 2.875, un tercio del total de los que tiene el Museo, incluidos los primeros de artistas no españoles que entraban en el Prado, entre ellos tres debidos a la mano de Miguel Ángel, dos de ellos identificados en 2004;[33] [34] y artes decorativas, así como cerca de un centenar de pinturas, entre ellas la Virgen con el Niño, de Roger van der Weyden -también conocida como Madonna Durán- y cinco cuadros de Goya, o al menos atribuidos a él, como el célebre El coloso.[35] [36]

Aunque el grueso de su colección (48 cuadros) lo legó al Museu d'Art Antic de Barcelona (actualmente Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC)), es también muy destacable la donación de Francisco de Asís Cambó Batlle (Francesc Cambó), que entregó en 1941 otras ocho obras al Prado: tres de las cuatro tablas de La historia de Nastagio degli Onesti, de Botticelli, dos obras que se atribuían a Taddeo Gaddi y que ahora se asignan al Maestro de la Madonna de la Misericordia, seguidor suyo; y una de Giovanni da Ponte (Las siete artes liberales), con la intención de suplir las carencias de primitivos italianos de la pinacoteca nacional, aparte de un bodegón de Zurbarán (Naturaleza muerta con jarra y tazas) -la otra era un Ángel músico de Melozzo da Forlì que resultó ser una falsificación-.[37] [38]

  El barbero del Papa, retrato de Velázquez comprado por el Gobierno en 2003 por 23 millones de .[39] [40]

También ha aportado varias obras importantes la Fundación Amigos del Museo, la última en 2011: Visita de la reina María Amalia de Sajonia al Arco de Trajano en Benevento, del italiano Antonio Joli,[41] [42] donada por la navarra afincada en México Lucrecia Larregui de Aramburuzabala a través de la Fundación.

Con todo, quizá la obra más famosa que ingresó en el Prado en el siglo XX fue el Guernica, legado por su autor e ingresado en las colecciones en 1981. Esta obra, que por su significado y trascendencia artística, es sin duda la pieza clave del arte contemporáneo, se exhibe hoy en el Museo Reina Sofía.[43] Aparte de los mencionados, ha habido muchos otros legados y donaciones que han enriquecido muy considerablemente las colecciones, entre ellos los de la duquesa de Villahermosa, conde de Niebla, conde de Cartagena, duques de Tarifa y marqués de Casa-Torres, por citar sólo algunos de los más importantes.

Mediante suscripción popular, a iniciativa del naviero bilbaíno Horacio de Echevarrieta, se adquirió en 1919 La Virgen del caballero de Montesa, de Paolo de San Leocadio, por 100.000 pesetas (75.000 reunidas con la suscripción y el resto aportado por el Patronato del Museo).[44] Ya en 1910 el pintor José Garnelo había organizado en su revista Por el arte una suscripción para adquirir La Adoración de los Magos de Hugo van der Goes (el Retablo de Monforte) y evitar su marcha a Alemania,[45] pero no logró recaudar más que 76.000 pesetas del 1.268.000 necesarias y finalmente en 1914 la extraordinaria tabla fue vendida al Kaiser-Friedrich-Museum de Berlín (aunque tras la Segunda Guerra Mundial pasó a la Gemäldegalerie).[46]

Por la forma de dación (BBVA, 26 millones de , la de mayor importe realizada hasta ahora en España) entró en el Prado en el año 2006 la Colección Naseiro de bodegones españoles, la mejor del mundo en su clase. Se incorporaron al Museo cuarenta obras de diecinueve pintores diferentes, nueve de los cuales no estaban representados antes con cuadros de este género, y con ellas toda una faceta del arte español que había permanecido poco conocida para el gran público.[47] [48] [49]

En cuanto a las adquisiciones estatales figuran piezas de la importancia del Retrato ecuestre del duque de Lerma, de Rubens (1969) -adquirido para celebrar el sesquicentenario (150º aniversario) del Museo-, el Retrato de Jovellanos por Goya (1974), el Retrato de la Marquesa de Santa Cruz, del mismo autor (1986), o el cuadro conocido hasta ahora como Retrato de hombre, el llamado "Barbero del Papa", de Velázquez (2003). A ellas se ha sumado en 2010 El vino en la fiesta de san Martín, una destacada sarga al temple de cola hasta ahora desconocida del pintor Pieter Brueghel el Viejo, adquirida por siete millones de (de los que dos y medio fueron aportados por el Museo de sus fondos propios).[50] [51] [52] [53]

En 2009 la página web oficial ha incorporado una sección en la que se informa sobre las adquisiciones realizadas en los últimos años. [54]

  Secciones

  Pintura

  Pintura española

Con casi 4.900 piezas, la sección de pintura española no sólo es la más completa y nutrida del Museo, constituyendo el núcleo central de sus fondos, sino que representa también la colección más importante numérica y cualitativamente que de esta escuela existe en el mundo.[55] Cronológicamente abarca desde murales románicos del siglo XII hasta el final del siglo XIX. Sus riquísimas colecciones incluyen pintura gótica, desde maestros anónimos a autores como Bartolomé Bermejo, Juan de Flandes, Fernando Gallego y Berruguete; el Renacimiento español representado por Pedro Machuca, Juan de Juanes, Fernando Yáñez de la Almedina, o Juan Correa de Vivar, con el protagonismo absoluto de El Greco, del que se exhibe el grupo de obras más numeroso de cuantos existen. El período de mayor brillantez de la pintura española, el Barroco, cuenta con excelentes ejemplos de prácticamente todos los autores y géneros del momento, como Zurbarán, Ribera, Murillo, Juan de Valdés Leal, Juan Bautista Maíno, Alonso Cano, Carreño, José Antolínez, Antonio de Pereda, Francisco Rizi, Herrera el Mozo, y, por encima de todos ellos, el gran maestro de la pintura hispana, Velázquez, del que se expone una colección sin parangón en el mundo, integrada por la mayoría de sus obras maestras. Del siglo XVIII, destaca la extensísima colección de Goya, que comprende todos los períodos y facetas de su arte, incluyendo grabados, dibujos y las célebres Pinturas negras. Relevantes son también los bodegones de Luis Meléndez y la variada colección de Luis Paret, considerado el mejor pintor español de estilo rococó. Desde hace muchos años se trabaja en la puesta en valor de la pintura española del siglo XIX posterior a Goya, que incluye caudalosos fondos -casi 3.700 obras, prácticamente la mitad del total de cuadros de todo el museo- desde el Neoclasicismo hasta Sorolla. Este proceso ha culminado con la apertura en octubre de 2009 de doce salas en el Edificio Villanueva, una de ellas rotatoria (la 60, designada como "sala de presentación de colecciones"), que acogen 176 piezas de este periodo (incluidas algunas de artistas de otros países). Aunque es común que se repita que se muestran por primera vez desde 1896 integradas con el resto de la colección,[56] [57] [58] lo cierto es que desde 1905, en que se expusieron por primera vez las obras del legado Ramón de Errazu -tras esa donación otras más-, el Prado siempre exhibió algunas pinturas españolas del siglo XIX en el contexto de su colección. Junto a Goya se expuso tradicionalmente obra de Vicente López y existió una sala destinada a pinturas de la familia Madrazo (José, Federico y Raimundo), Esquivel (Antonio María) y Ferrant, entre otros. Sólo en los últimos veinte años, aproximadamente, la pintura del siglo XIX había quedado invisible en las salas del Prado.

Entre las últimas adquisiciones que han enriquecido la colección española, destacan las compras de La condesa de Chinchón de Goya, El barbero del Papa de Velázquez y la Colección Naseiro de bodegones, que ha cubierto importantes lagunas dentro de esta faceta de la pintura española.

  Pintura italiana

La colección de pintura italiana consta de más de mil obras[59] y es sin duda uno de los grandes atractivos del Museo, aun cuando adolezca de ciertas lagunas, sobre todo en lo referido a obras anteriores al siglo XVI. A pesar de que ya en tiempos de Juan II de Castilla la literatura italiana tuvo gran influencia en España, las novedades en el campo de las artes plásticas llegaron con retraso, siendo su presencia hasta el siglo XVI muy escasa. Ello fue debido en gran parte a la predilección tanto del propio rey como de su hija, Isabel la Católica, por la pintura flamenca, y es la causa de que la colección de primitivos italianos del Museo sea muy reducida. Son muy escasas, de este modo, las obras correspondientes al Trecento, y las existentes corresponden a autores considerados menores, como Francesco Traini, con una magnífica Virgen con el Niño, obra excepcional por su origen, puesto que procede de la Colección Real, en la que era el único ejemplo de pintura italiana anterior a 1450; Giovanni da Ponte o dos tablas atribuidas inicialmente a Taddeo Gaddi pero que actualmente se consideran de la mano del llamado Maestro de la Madonna della Misericordia, seguidor suyo. La pintura del Quattrocento, en cambio, si bien ofrece un panorama limitado, se precia de poseer auténticas obras maestras de tan importante capítulo de la Historia de la pintura, como el notable Retablo de la Anunciación de Fra Angelico, el Tránsito de la Virgen de Mantegna, tres de las cuatro tablas de La historia de Nastagio degli Onesti de Botticelli o el excelente Cristo muerto sostenido por un ángel de Antonello da Messina. También hay que citar la pintura La Virgen y el Niño entre dos santas, obra de Giovanni Bellini aunque con amplia participación de taller.

La pintura del Cinquecento inicia el gran periodo de la pintura italiana en el Prado con algunas obras capitales de Rafael (La Virgen del Pez, Retrato de cardenal o El Pasmo de Sicilia). La nutrida colección de obras de este artista (ocho pinturas, entre las autógrafas y las realizadas en mayor o menor parte por sus discípulos) da cuenta del prestigio del que disfrutaba en España, donde sus obras eran enormemente apreciadas y demandadas. El museo carece de ejemplos autógrafos de Leonardo da Vinci, pero cuenta con dos pinturas de su seguidor Bernardino Luini así como una extraordinaria copia de la Gioconda. Otros nombres señalados de la plástica renacentista presentes son Sebastiano del Piombo, Correggio, Andrea del Sarto y Federico Barocci, autores en el tránsito al Manierismo, muy bien representado también por obras de Parmigianino, Bronzino o Francesco Salviati.

  El Veronés, Jesús entre los doctores, h. 1560. Óleo sobre lienzo, 236 x 430 cm.

Mención aparte merece la pintura veneciana del XVI, con amplísima presencia hasta el punto de constituir la mejor colección de la misma fuera de Italia. El artista central de la escuela, Tiziano, era el pintor favorito de Carlos V y Felipe II y compuso para ellos algunas de sus obras maestras, como el Retrato ecuestre de Carlos V en Mühlberg o la Dánae. Su representación en el Prado supera las treinta pinturas. Tintoretto, Veronese, Jacopo Bassano y sus hijos Francesco y Leandro, e incluso algunos precursores como Vincenzo Catena están asimismo representados en la colección.

La pintura barroca italiana constituye uno de los núcleos más compactos del Prado, por la variedad de artistas y la calidad de las obras que podemos admirar. Las dos grandes tendencias pictóricas de la época, el tenebrismo y el clasicismo boloñés, cuentan con buenas colecciones, en cuanto a la primera comenzando por el iniciador Caravaggio (David vencedor de Goliat) y sus seguidores, como Orazio Gentileschi (Moisés salvado de las aguas), su hija Artemisia Gentileschi, Giovanni Battista Caracciolo (conocido como Battistello), Giovanni Serodine o Bernardo Cavallino. La presencia del clasicismo boloñés es asimismo muy nutrida, con cuadros de Annibale Carracci (Venus, Adonis y Cupido, Asunción de María), Domenichino, Guido Reni (Hipómenes y Atalanta), Guercino y Giovanni Lanfranco. Incluso la tendencia del barroco decorativo cuenta con un singular ejemplo de Pietro da Cortona (La Natividad, para cuyo soporte utilizó una pasta vítrea llamada venturina y que ha sido recientemente restaurada)[60] y el excelente grupo de obras de Luca Giordano, que trabajó en España para el rey Carlos II. A todo lo señalado cabe añadir los ejemplos de otros importantes autores barrocos, como Francesco Furini, Salvatore Rosa, Orazio Borgianni, Mattia Preti, Andrea Sacchi, Carlo Maratta, Massimo Stanzione, Andrea Vaccaro, Bernardo Strozzi o Alessandro Magnasco.

La figura de Giambattista Tiepolo cierra el sugestivo capítulo de la pintura italiana en el Prado, junto a otros artistas que como él llegaron a España para decorar el nuevo Palacio Real de Madrid, como su hijo Domenico y Corrado Giaquinto. Todos ellos cuentan con una estimable, en calidad y cantidad, representación. Tristemente, faltan ejemplos de vedutistas como Canaletto y Francesco Guardi, bien representados en el vecino Museo Thyssen-Bornemisza, aunque el Prado sí posee ejemplos de Antonio Joli, Gaspare Vanvitelli (Caspar van Wittel) y Francesco Battaglioli.

  Pintura flamenca

La sección de pintura flamenca es la tercera del Museo, tanto por cantidad (más de mil obras), como por calidad, sólo por detrás de la española y casi al nivel de la italiana.[61] Al igual que en el caso de ambas, gran parte de sus fondos proviene de la Colección Real. Comprende por un lado primitivos flamencos como Robert Campin (con 3 obras de las aproximadamente 20 que se le atribuyen), Weyden (El descendimiento de la cruz), Dieric Bouts, Petrus Christus y Hans Memling, y la mejor colección a nivel mundial de El Bosco. De este artista el museo conserva sus tres obras maestras: los trípticos de El jardín de las delicias, El carro de heno y la Adoración de los Magos. Proceden de la colección personal de Felipe II, que sentía tanta pasión por este enigmático pintor, que ordenó comprar cuantas obras suyas se pudiese, haciendo copiar algunas que no consiguió. Igualmente sobresalientes son las pinturas de Joachim Patinir, (con la mayor colección de obras de este artista), Gerard David, Jan Gossaert (Mabuse), Ambrosius Benson, Jan van Scorel, Anthonis Mor van Dashorst (Antonio Moro), El Triunfo de la Muerte y El vino en la fiesta de san Martín de Pieter Brueghel el Viejo y varias obras de Quentin Metsys y Pieter Coecke van Aelst.

La colección del siglo XVII supera las 600 obras.[62] El Prado posee la más importante colección de Rubens,[63] con unas 90 pinturas (la cifra concreta varía según las fuentes puesto que la autoría de algunas de las obras está en discusión). Felipe IV le encargó decenas de cuadros para decorar sus palacios y además fue el principal comprador en la almoneda realizada a su muerte con las obras que poseía en su estudio. El hecho de que muchas de las pinturas del Prado fueran un encargo directo del rey del que era uno de los países más poderosos de Europa en aquella época ha redundado además en que la ejecución de las mismas sea de una gran calidad media, contándose un buen número de ellas entre sus obras maestras. Por otra parte el Museo tiene más de 25 ejemplos de van Dyck, varios de Jacob Jordaens, incluyendo su Autorretrato con su familia, y la serie de Los Cinco Sentidos de Jan Brueghel el Viejo (Brueghel de Velours) y Rubens. De lo anteriormente resumido se desprende que es una de las mejores colecciones de pintura flamenca del mundo, a la que tan sólo se puede comparar quizá la del Kunsthistorisches Museum (Museo de Historia del Arte), de Viena.

  Pintura francesa
  Ciego tocando la zanfonía, de Georges de La Tour (legado Villaescusa).

Es la cuarta escuela nacional más extensamente representada, con más de trescientas pinturas, aunque a mucha distancia de las tres anteriores. Como en el caso italiano y flamenco, aquí las circunstancias históricas también ejercieron gran influencia, y la casi permanente beligerancia entre España y Francia a lo largo de los siglos XVI y XVII restringió los intercambios artísticos entre ambos países, a lo que se unieron las diferencias de gustos imperantes en cada uno de ellos.

Apenas existen ejemplos anteriores a 1600, aunque los siglos XVII y XVIII cuentan con obras magistrales de Poussin, como El Triunfo de David y El Parnaso. De Claudio de Lorena se conservan varios paisajes sobresalientes, y hay un par de ejemplos de Simon Vouet y cuatro de Sébastien Bourdon. El tenebrismo cuenta con ejemplos llamativos de Georges de La Tour y Valentin de Boulogne. Retratistas de los Borbones españoles, como Jean Ranc, Louis-Michel van Loo y Michel-Ange Houasse, así como de los franceses (Hyacinthe Rigaud y Antoine-François Callet) tienen presencia junto a maestros rococós como Watteau y Boucher.

La colección de pintura francesa del Museo del Prado es sin duda uno de los aspectos menos estudiados hasta ahora de las colecciones. Existe un importante número de anónimos neoclásicos del entorno de J.-L. David que han de ofrecer en el futuro gratas sorpresas, además de un importante número de ejemplos de los discípulos franceses de J. A. D. Ingres. Hay asimismo obras de gran interés más modernas, de la segunda mitad del siglo XIX, como los dos retratos femeninos de Ernest Meissonier, algo muy raro dentro de su producción, una famosa pintura de desnudo de Paul Baudry, La perla y la ola, que perteneció a la emperatriz Eugenia de Montijo, y dos retratos de Carolus-Duran, uno de ellos adquirido recientemente (2010).

  Pintura alemana

Pocas son las obras de pintura alemana conservadas en el Prado e históricamente en España en general. A pesar de la fuerte relación de los Habsburgos españoles con el Sacro Imperio Romano Germánico, la mayoría de los monarcas hispanos se decantaron por otro tipo de pintura. A causa de ello esta colección es reducida en número, aunque de gran calidad.

Destaca sobre todo el grupo de cuatro obras maestras de Alberto Durero, entre ellas su Autorretrato de 1498 y la pareja de tablas de Adán y Eva. Del resto de obras, descuellan una Virgen con el Niño Jesús, san Juanito y ángeles y dos curiosas escenas de cacería, las tres de la mano de Lucas Cranach el Viejo (además en 2001 se adquirió un retrato de Juan Federico "el Magnánimo", elector de Sajonia que en aquel momento se creía que era de su autoría, pero que hoy en día se considera obra de taller); dos alegorías muy importantes de Hans Baldung Grien, Las Edades y la Muerte y La Armonía o Las tres Gracias, una pequeña pintura de Adam Elsheimer, Ceres en casa de Hécuba, y ya en el siglo XVIII, un nutrido grupo de obras de Anton Raphael Mengs, que fue nombrado Primer Pintor del rey Carlos III y trabajó en la Corte entre 1761 y 1769 y de 1774 a 1776. Fundamentalmente se trata de retratos de la Familia Real, aunque también hay un autorretrato y algunas piezas de asunto religioso. Asimismo, existe un interesante retrato de la infanta Paz de Borbón por Franz von Lenbach.

  Pintura holandesa
  Bodegón con vasos de cristal y limón, de Willem Claesz. Heda (legado Fernández-Durán).

La continua hostilidad (en muchas ocasiones guerra abierta) entre España y las Provincias Unidas tras la separación de éstas en 1581 dificultó extraordinariamente la llegada a España de pintura del siglo XVII de dicho país, el período de mayor esplendor de esta escuela, a lo que contribuyó además el rumbo tomado por la pintura neerlandesa tras la independencia, buscando un estilo propio que se apartaba y en muchos casos era incluso antagónico del ideal clasicista, lo que hizo que durante largo tiempo no resultara del gusto de los coleccionistas, no sólo de España, sino también de otros países en los que el arte clásico seguía teniendo gran vigencia, como Francia e Italia. Por ejemplo, mientras que los coleccionistas españoles se inclinaban mayoritariamente por obras religiosas y mitológicas, en Holanda tuvieron un gran auge los géneros del paisaje, las marinas, los bodegones y las escenas costumbristas, adquiridos por una burguesía que deseaba de ese modo expresar su identificación con su tierra y con su estilo de vida. Todo ello redundó en que la colección del Museo del Prado no sea especialmente extensa, faltando además en ella nombres fundamentales como Johannes Vermeer y Frans Hals. La mayor parte de las obras que posee el Prado proceden de la Colección Real y casi todas fueron adquiridas ya en el siglo XVIII, especialmente por parte de Felipe V y su segunda esposa, Isabel de Farnesio.

La presencia de la pintura holandesa se limita a cien obras, todas del siglo XVII, si bien incluye un importante cuadro de Rembrandt: Judit en el banquete de Holofernes, antes identificado como Artemisa recibiendo las cenizas de Mausolo o como Sofonisba recibiendo la copa de veneno.[64] El fondo holandés incluye además un bodegón de Pieter Claesz. y tres de Willem Claesz. Heda, los cuatro procedentes del legado Fernández-Durán, y obras del también bodegonista Jan Davidszoon de Heem, un raro ejemplo de este género de Gabriël Metsu, un retrato de Gerard ter Borch el Joven, varias obras del costumbrista Adriaen van Ostade, el claroscurista Mathias Stomer, los paisajistas Herman van Swanevelt y Jacob van Ruysdael (atribución dudosa), el pintor de animales Paulus Potter y una importante serie de Philips Wouwerman. Esta colección, ha sido objeto de una exposición y de la publicación del primer catálogo razonado de la misma en diciembre de 2009.[65]

  Pintura británica
  Retrato de Isaac Henrique Sequeira, de Thomas Gainsborough, donación del estadounidense Bertram Newhouse.

La histórica rivalidad entre España y el Reino Unido, que arranca en el siglo XVI con la subida al trono de Isabel I de Inglaterra y su definitiva separación de la Iglesia de Roma, no contribuyó precisamente a facilitar la adquisición de obras de arte británicas por la Monarquía española, lo que redundó en que la sección de pintura inglesa del Museo del Prado no sea demasiado nutrida (no obstante, en Madrid hay una representación relativamente amplia de esta escuela en el Museo Lázaro Galdiano, de fundación privada). Las obras que hay llegaron mediante algunas compras y varias donaciones, casi todas ya en el siglo XX.

La colección del Prado está compuesta por obras fechadas en las últimas décadas del siglo XVIII y en el siglo XIX. Faltan en ella los destacados renovadores William Hogarth y Joseph Wright of Derby, el visionario William Blake, así como los grandes nombres del paisajismo inglés (Turner, Constable), pero sí hay en cambio algunos ejemplos de la obra de los principales retratistas. En la nómina figuran Thomas Gainsborough, Joshua Reynolds, Thomas Lawrence, George Romney, Francis Cotes, Henry Raeburn y John Hoppner, entre otros. Por otro lado, cuenta con varias vistas de distintos puntos de España del pintor del romanticismo David Roberts, que fueron adquiriéndose a lo largo del pasado siglo. Finalmente, ya de la época victoriana, el Museo tiene un espectacular lienzo del neerlandés afincado en el Reino Unido Lawrence Alma-Tadema, Escena pompeyana o La siesta, que ingresó en 1887 por donación de Ernesto Gambart.[66]

  Pintores representados

Véase: Anexo:Pintores del Museo del Prado


  Galería

  Dibujos y estampas

  Marte, dibujo preparatorio de Francisco Bayeu para El Olimpo: batalla con los gigantes.

El Gabinete de dibujos y estampas del Museo se ubica desde 2007 en el Edificio Jerónimos. Debido a que en general las obras sobre papel sufren un desgaste al estar expuestas a la luz (ya sean dibujos, grabados, acuarelas o incluso libros), estas piezas únicamente pueden mostrarse al público con una iluminación muy atenuada y durante periodos de tiempo limitados (tres-seis meses), por lo que habitualmente son accesibles solo a los investigadores.

Sobresale la colección de dibujos de Goya, la más amplia del mundo. Junto a ella, la colección de dibujos españoles del siglo XIX, con más de 3.000 obras originales, es de extraordinaria importancia. Los fondos anteriores a 1600 son más limitados, pero incluyen un gran dibujo de Juan Guas sumamente raro, procedente del Museo de la Trinidad, que representa la capilla mayor del Monasterio de San Juan de los Reyes de Toledo, por él diseñado.[67] Otros artistas españoles representados en la colección son Francisco Pacheco, del que se conserva un excepcional Juicio Final, Vicente Carducho, con un importante boceto, La expulsión de los moriscos, con el que participó en el concurso convocado en 1627 por Felipe IV para una pintura sobre ese tema y que fue ganado por Velázquez (la obra definitiva en lienzo fue colocada en la pieza más importante del Real Alcázar de Madrid, el Salón de los Espejos, y resultó destruida en el incendio de 1734); Alonso Cano, José de Ribera o Francisco Bayeu. Las colecciones de dibujos extranjeros son más desiguales, aunque incluyen notables ejemplos italianos, de autores como Giorgio Vasari (San Lucas pintando a la Virgen) y Annibale Carracci. También hay tres dibujos de Miguel Ángel, procedentes del legado Fernández-Durán, dos de ellos preparatorios para la Capilla Sixtina que fueron identificados en 2004.[33] [34]

Desde 2012 el Museo es miembro permanente del International Advisory Committee of Keepers of Public Collections of Graphic Art (Comité consultivo internacional de conservadores de colecciones públicas de arte gráfico), conocido como Club de los 50 luxes, en el que están representados los más importantes gabinetes de dibujos y estampas a nivel mundial.[68]

  Escultura

  El Grupo de San Ildefonso, que representa a Orestes y Pílades, obra romana de hacia 10 a. C.

La colección de escultura del Museo comprende más de 900 obras, además de casi 200 fragmentos escultóricos. Procede en su mayor parte de las antiguas colecciones reales, aunque completada en épocas recientes con adquisiciones, legados y donaciones. Entre éstas últimas destaca la realizada en 2000 por el pintor chileno Claudio Bravo, consistente en diecinueve esculturas greco-romanas.[69] En cuanto a la escultura del siglo XIX procede en su mayor parte del extinto Museo de Arte Moderno, cuyos fondos decimonónicos pasaron al Prado en 1971.

Es muy destacable el fondo de esculturas antiguas, sobre todo obras romanas, aunque también algunos originales griegos, que se adquirieron para decorar los Reales Sitios. Hay raros ejemplos de escultura griega arcaica, así como versiones muy importantes del Diadúmeno de Policleto, Venus púdica (Venus del Delfín), Ariadna dormida o la Atenea Párthenos de Fidias, copias romanas de los originales perdidos. Las obras romanas originales comprenden piezas tan destacadas como la Apoteosis de Claudio o el Grupo de San Ildefonso, obra maestra de la escultura imperial. Destacan también las Musas que pertenecieron a Cristina de Suecia, y que tras la última ampliación se ubican en el recibidor oval, bajo la sala de Las Meninas.

El segundo grupo en importancia del fondo escultórico corresponde al Renacimiento. Hay ejemplos debidos a Juan de Bolonia, Bartolomeo Ammannati e incluso dos rarísimas tallas de El Greco, Epimeteo y Pandora. Pero destaca de este periodo el conjunto de esculturas debidas a los broncistas milaneses Leone y Pompeo Leoni, entre ellas la célebre Carlos V dominando el Furor. De épocas posteriores, sobresalen las esculturas compradas en Italia por Velázquez.

En las salas que se han abierto en 2009 dedicadas al siglo XIX se han incorporado algunas esculturas de este periodo. Entre los representados figuran José Álvarez Cubero, Ramón Barba, José Ginés, los hermanos Venancio y Agapito Vallmitjana, José Llimona, Jerónimo Suñol, Agustín Querol y Mariano Benlliure. Las obras de escultores extranjeros son escasas. Entre ellas hay dos antes atribuidas al italiano Antonio Canova, Venus y Marte, ahora adjudicada a su círculo, y Hebe, que actualmente se considera realizada por su más destacado discípulo, Adamo Tadolini, copiando un original del maestro. De los asimismo italianos Camillo Torreggiani y Vincenzo Gemito hay sendos bustos, respectivamente Isabel II, velada (para el que Torreggiani igualmente realizó el pedestal) y El pintor Mariano Fortuny y Marsal. También posee el Museo una escultura de Hermes, tradicionalmente considerada de la mano del danés Bertel Thorvaldsen y hoy asignada a su taller y por último una reducción de Amor y Psiquis, la obra más destacada del escultor sueco Johan Tobias Sergel, ejecutada por el propio maestro con la colaboración de su taller. Por otra parte hay, pero sin exponer, un mármol del irlandés John Henry Foley, Sir Charles Bennet Lawes Witteronge como Mercurio.

  Artes decorativas

  Vaso de la Montería (detalle), en cristal de roca grabado y tallado, una de las piezas del Tesoro del Delfín.

Además del Tesoro del Delfín, la sección de Artes decorativas del Museo consta de tapices, armaduras y porcelanas, así como de un conjunto de 804 medallas de los siglos XV al XIX y 946 monedas autónomas españolas legado por Pablo Bosch. También es muy notable la colección de piedras duras, una de las más importantes en todo el mundo.

El Tesoro del Delfín se denomina así por haber pertenecido a Luis de Francia, el Gran Delfín, que falleció durante una epidemia de viruela en 1711 sin haber llegado a reinar, siendo parte de él heredado al año siguiente por su segundo hijo, Felipe V de España. El primer Borbón español recibió 169 obras, un porcentaje no muy grande del total (698 inventariadas en 1689), pero que fueron seleccionadas entre las mejores de la colección. Sin embargo casi todas las actualmente existentes están mutiladas por los robos producidos durante la Invasión francesa y otro realizado a principios del siglo XX, que además redujeron su número a 120. De ellas, 49 están realizadas en cristal de roca y las otras 71 en piedras duras (piedras semipreciosas como ágata, lapislázuli, calcedonia, jaspe, jade, serpentina o alabastro) y otros materiales, como conchas de nautilos. Las guarniciones son generalmente de oro, aunque también hay algunas de plata, tanto sobredorada como en su color, y frecuentemente van realzadas con ricos esmaltes y piedras finas (turquesas, amatistas, granates) y preciosas (diamantes, zafiros, esmeraldas y rubíes), además de perlas.

La mayor parte de las piezas son de los siglos XVI y XVII, de talleres parisinos e italianos (en el caso de las de cristal de roca, milaneses en concreto), aunque también hay ejemplares de la Antigua Roma, bizantinos, medievales e incluso de la Persia sasánida, el Imperio mogol y China.

Se muestran también algunos de los estuches de cuero en los que se guardaban estas piezas y que se realizaron reproduciendo exteriormente su forma con el fin de poder identificarlas sin necesidad de abrirlos (varios más se exhiben en el Museo Nacional de Artes Decorativas).

  Taller italiano del siglo XVII: bandeja de piedra sanguina, bronce, oro y perlas.

La colección de piedras duras comprende tableros, consolas y paneles decorativos, tanto de la Real Fábrica del Buen Retiro (que además de dedicarse a la porcelana tenía también un taller dedicado a esta especialidad, el Real Laboratorio de Piedras Duras del Buen Retiro); como de manufacturas italianas (Talleres Papales de Roma y Granducales de Florencia -Opificio delle Pietre Dure-). Estas piezas tienen su origen en la Antigua Roma, en el llamado opus sectile, o taracea de mármoles y piedras duras polícromas, una técnica rara y costosa que vivió su apogeo durante la época del emperador Augusto y que fue recuperada a mediados del siglo XVI en Florencia y la propia Roma. Dentro de esta colección destacan los dos tableros sostenidos por leones de bronce dorado, el Tablero de mesa de Felipe II y la Mesa de don Rodrigo Calderón, exhibidos en la Galería Central y restaurados en 2008.[70] Los leones, cada uno de los cuales apoya una garra sobre una bola de caliza de color rojizo, fueron encargados por Velázquez durante su segundo viaje a Italia para decorar el Salón de los Espejos del antiguo Real Alcázar de Madrid, dado que a su cargo de Pintor de Cámara unía el de Aposentador Real.[71] El conjunto original se componía de doce, realizados entre 1651 y 1652, de los que el Prado posee siete. Otros cuatro se conservan en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, mientras que el restante sufrió daños muy graves en el incendio del Alcázar -1734- (el otro león que tiene el Museo es una copia de 2004 que ha sustituido a otra de 1837 que se encontraba muy deteriorada). Su modelo fue un león de Flaminio Vacca de 1594, a su vez copia de uno del siglo II d.C., ambos en aquella época en la Villa Medici de Roma. Fueron fundidos por Matteo Bonucelli da Lucca (también conocido en España como Matteo Bonarelli de Luca), fundidor ayudante de Bernini, y del que el Prado posee otras dos obras: la Venus de la concha y el famoso Hermafrodita que se expone en la sala de Las Meninas, éste último un caso excepcional, ya que la copia resultó de tanta calidad que superó al original.

  El "Prado disperso"

Las excepcionales vicisitudes del Prado, concebido primero como Museo Real, elevado tras La Gloriosa a la categoría de Museo Nacional, que absorbió en 1872 los fondos del disuelto Museo de la Trinidad; junto a las donaciones, adquisiciones, legados, que se han ido suceciendo desde la fundación en 1819, han hecho que los límites físicos del Museo se vieran desbordados en muchas ocasiones.

Ya desde el mismo instante en que abrió sus puertas, el Museo tuvo que dedicar más espacio a los almacenes que a la propia exposición de obras.[72] Esta situación se vio más complicada con la llegada de los fondos del Museo de la Trinidad, excepcionalmente cuantiosos y formados por grandes pinturas de altar en muchos casos, difíciles de exponer y almacenar. Hay que tener en cuenta que el edificio del museo no se concibió para albergar colecciones de pintura, sino como Gabinete y Academia de Ciencias. De este modo, durante buena parte de los siglos XIX y XX, se siguió la política de ceder a diversas instituciones, en régimen de préstamo temporal, algunos de los fondos que habitualmente no podían exponerse por falta de espacio. Y si grave fue siempre la escasez de espacios en el Prado, mucho peor aún fue la situación del Museo de Arte Moderno, cuyas piezas del siglo XIX pasaron al Prado en 1971. A la considerable abundancia de fondos, entre los que figuraba un buen número de pinturas de gran formato, se unía un espacio disponible realmente reducido, pues al tener que compartir el Palacio de Bibliotecas y Museos con dos instituciones de la importancia de la Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico Nacional, la parte que se le asignó del mismo fue muy pequeña.

Tales cesiones no siempre siguieron criterios de pertinencia ni se controlaron mediante inventarios, de modo que realizar un catálogo de estos fondos ha sido una tarea ardua y difícil: la labor se vio completada en los años 90 del siglo XX con la aparición del Inventario General del Museo, en tres volúmenes.[73] Hay que anotar que muchas de estas obras pasaron a museos provinciales o locales (como el museo Balaguer de Vilanova i la Geltrú), pero otras acabaron en oficinas, iglesias (por ejemplo, la Basílica de Covadonga) e incluso despachos particulares. Según la página web del Museo,[74] del total de obras que posee el Prado, alrededor de 3100 se encuentran depositadas en diferentes instituciones, incluyendo algunas en el extranjero. Con la reordenación de las colecciones consiguiente a la ampliación, la dirección del museo pretende concentrar y racionalizar estos depósitos de forma que se garantice tanto su exposición al público como su conservación.[75] Para ello, con la cesión al Estado del Palacio de los Águila en Ávila y su adscripción al Prado, pretende crearse un Centro de Gestión de Depósitos en dicho inmueble, al que serían trasladados parte de los fondos, quedando el resto en los Museos Provinciales más destacados -véase sección Palacio de los Águila (Ávila)-. Este proyecto, que ha sufrido paralizaciones y demoras, está aún en fase de estudio y definición, y hasta que la rehabilitación de dicho inmueble no sea completada no será del todo efectiva.[76]

  Obras recibidas en depósito

  San Jerónimo leyendo una carta, de Georges de La Tour, en depósito del Ministerio de Trabajo desde el año 2005.

Teniendo la mayor parte de sus propios fondos sin exponer, es obvio que las obras de terceros que el Museo acepta en depósito para exhibir en sus salas se circunscriben a piezas de muy alta calidad, siendo en consecuencia su número muy limitado. Casi todas estas pinturas prestadas pertenecen a otros organismos públicos, por lo que su permanencia en el Museo es bastante segura y la condición de préstamo es casi meramente técnica.

Entre ellas figuran obras tan significativas como la Mesa de los pecados capitales y El jardín de las delicias, ambas de Hieronymus Bosch (El Bosco), El descendimiento de la cruz, de van der Weyden y El Lavatorio, de Tintoretto. Las tres proceden del Monasterio de El Escorial e ingresaron en el Prado en 1939, cuando regresaron a España de vuelta de Ginebra, a donde habían sido trasladadas durante la Guerra Civil junto con las obras maestras del Museo y algunas de particulares (como La condesa de Chinchón, de Goya, propiedad entonces de los duques de Sueca). Dichas obras pertenecen realmente a Patrimonio Nacional y permanecen en el Prado en depósito (El descendimiento fue sustituido en El Escorial por una copia de Michel Coxcie propiedad del Prado).

Otra destacada pieza, incorporada recientemente (2005), es San Jerónimo leyendo una carta, de Georges de la Tour, identificada fortuitamente en la sede central del Instituto Cervantes de Madrid y que fue depositada por el entonces Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. También están en depósito los seis fragmentos de las pinturas murales de la ermita de San Baudelio de Berlanga que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET) dejó en depósito indefinido en 1957, a cambio del ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña,[77] un San Jerónimo penitente de El Greco propiedad de la Comunidad de Madrid y tres tondos con alegorías de Goya, La Agricultura, El Comercio y La Industria, depositados en 1932 por el entonces Ministerio de Marina, en un intercambio de obras con el Museo.

Entre los depósitos de particulares destacan la Piedad, obra maestra de Sebastiano del Piombo, o La mujer barbuda, de José de Ribera (desde 2004), cedidas ambas por la Casa de Medinaceli; el único retrato conservado en España de Sandro Botticelli, el Retrato de Michele Marullo Tarcaniota, que perteneció a Francesc Cambó y que permanece depositado por su única hija, Helena, desde abril de 2004,[78] el óleo Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes, de Goya, que quedará depositado durante seis años por la Fundación Selgas-Fagalde desde septiembre de 2011,[79] [80] y desde 2012, por un periodo de diez años, el retablo de los Gozos de Santa María o altar de los ángeles, de Jorge Inglés, la primera pintura hispanoflamenca castellana documentada de autor conocido, depositada por Íñigo de Arteaga y Martín, XIX duque del Infantado.[81] También estuvo expuesto durante varios años El martirio de San Andrés, de Rubens, cedido por la Fundación Carlos de Amberes.

  Las sedes

  Edificio Villanueva

  Panorama del conjunto de edificios que integran el denominado Campus Prado, con el Edificio Villanueva en primer término, el Cubo de Moneo y el Edificio Aldeasa detrás de él, y, al fondo a la izquierda, el Salón de Reinos y el Casón del Buen Retiro.

El edificio diseñado por Juan de Villanueva, en su concepción original, está formado por un cuerpo central terminado en ábside, al que flanquean dos galerías alargadas que terminan en pabellones cuadrados, uno a cada extremo. Dicho esquema fue ampliamente modificado, primero para adaptar al uso de pinacoteca un edificio que había sido concebido para Real Gabinete de Historia Natural (luego Museo Nacional de Ciencias Naturales), y después en las sucesivas ampliaciones que se fueron realizando, y que afectaron sobre todo a la fachada que mira a la iglesia de los Jerónimos.

El cuerpo central destaca en planta y en alzado por un gran pórtico compuesto por seis columnas de orden toscano, un entablamento, una cornisa y un ático que lo remata. Esta fachada es el acceso principal, orientado hacia el Paseo del Prado, y presenta la originalidad de no disponer sobre la columnata del característico frontón triangular, sino de uno con forma rectangular, adornado por un friso escultórico obra de Ramón Barba, representando una alegoría del rey Fernando VII como protector de las ciencias, las artes y la técnica. En su cara posterior, esta sección central termina en forma semicircular o absidial, de tal modo que su plano adopta forma basilical. Originariamente, dicha estancia abarcaba las dos plantas de altura, y a finales del XIX se dividió en dos pisos. El inferior era la sala de juntas, hasta su reciente conversión en recibidor. La planta superior es la actual sala 12, presidida por Las Meninas.

  Planta del edificio tras la primera ampliación de Chueca Goitia y Lorente.

Las dos galerías laterales tienen dos plantas en altura. La inferior con unos ventanales profundos y alargados que acaban en arco de medio punto y la superior con una galería de columnas jónicas (en la actualidad hay un tercer piso retranqueado, obra posterior).

La fachada norte presenta un pórtico con dos columnas jónicas y sobre ellas un entablamento liso. Esta fachada corresponde a la segunda planta del edificio. Cuando se construyó el edificio, la primera planta quedaba, por ese lado, bajo el nivel del terreno, que por aquella época bajaba en una pequeña cuesta hasta el paseo del Prado, hasta que más tarde se desmontó este desnivel hasta ponerlo a la misma altura que el suelo real del monumento. Hubo que construir una escalinata para su acceso (1882).

  Vista de la fachada norte original del Museo del Prado (Entrada al Real Museo por el Lado de San Jerónimo, de Fernando Brambila).

La fachada sur (que da a la plaza de Murillo, frente al Jardín Botánico) está formada por un vano adintelado, de acceso al interior, y una logia o galería con seis columnas de orden corintio sobre las que se apoya un entablamento.

El interior del edificio es abovedado en sus salas centrales. El vestíbulo de la entrada norte está formado por una rotonda con ocho columnas jónicas cuya bóveda tiene decoración de casetones.

En el exterior, frente a la fachada principal, está ubicada la estatua de Velázquez, obra del escultor Aniceto Marinas. El pedestal es de Vicente Lampérez. Tiene una dedicatoria: Los artistas españoles, por iniciativa del Círculo de Bellas Artes, 1899. Este monumento se inauguró el día 14 de junio de ese mismo año con la presencia de la Reina Regente y de Alfonso XIII. Fue una ceremonia muy emotiva en la que se rindió homenaje y reconocimiento al gran pintor Velázquez y a la pintura española. Además de los reyes acudieron al acto:

Existen además, junto a sus puertas principales, otros dos monumentos del siglo XIX, dedicados a Goya, obra del escultor valenciano Mariano Benlliure, y a Murillo, de Sabino de Medina,[82] así como medallones en piedra representando a célebres artistas españoles (no solo pintores, sino también escultores y arquitectos) de diversas épocas, repartidos por la fachada occidental del edificio, la que da al Paseo del Prado.

  Ampliaciones y reformas del edificio

  Medallón representando a Velázquez, en la fachada del Museo.

Entre las reformas más importantes del edificio concebido por Villanueva, cabe citar, por orden cronológico, la de Narciso Pascual y Colomer, que diseñó la basílica y el ábside del cuerpo central (1853); la de Francisco Jareño, que desmontó la cuesta por la que se accedía a la fachada norte y crea una escalera monumental, abriendo ventanas en la parte baja (1882 y 1885); en 1927, Fernando Arbós y Tremanti construyó dos pabellones en la parte posterior del edificio; hacia la mitad del siglo se llevó a cabo la reforma de Pedro Muguruza, con una remodelación de la Galería Central y una nueva escalera para la fachada norte (que contó con bastantes críticas, ya que destruyó la espléndida escalera ideada por Jareño), con la intención de dar más luz a la zona de la cripta; Chueca Goitia y Lorente realizaron a su vez ampliaciones en las salas (1956 y 1967). La incorporación del Casón del Buen Retiro, en un principio para albergar las colecciones de pintura de los siglos XIX y XX, se decidió en 1971.

  Edificio Jerónimos

  Vista del llamado Cubo de Moneo, junto a la iglesia de los Jerónimos.

Siguiendo el proyecto de Rafael Moneo, en 2007 se culminó la mayor ampliación del Museo en sus casi doscientos años de historia. Esta ampliación no supuso cambios sustanciales para el Edificio Villanueva, y se plasmó en una prolongación hacia el claustro de los Jerónimos (el llamado Cubo de Moneo) a fin de que el museo contase con espacio suficiente para sus crecientes necesidades.

La conexión entre ambos edificios es subterránea (en el lado del Edificio Jerónimos), pues aprovecha y cubre el desnivel entre los Jerónimos (calle Ruiz de Alarcón) y el Paseo del Prado. Las mejoras más visibles de esta intervención incidieron en la atención al visitante (vestíbulo, bar-restaurante, taquillas, tienda), la ampliación de los espacios expositivos, con cuatro nuevas salas para exposiciones temporales en dos plantas y la habilitación del claustro como sala de escultura; un auditorio nuevo y una sala de conferencias, así como otros espacios de uso interno (restauración, almacenes y el Gabinete de dibujos y estampas). Esta ampliación se presentó el 27 de abril de 2007 si bien la inauguración oficial no tuvo lugar hasta medio año después, el 30 de octubre, con una muestra temporal de las piezas más significativas de la colección de pintura española del siglo XIX, que había permanecido almacenada durante diez años, desde el inicio de las obras en el Casón en 1997.

La incidencia definitiva de la ampliación no será totalmente perceptible hasta finales de 2012, ya que se está en proceso de reordenar toda la colección expuesta y sumarle más piezas.[8] El traslado de los almacenes y equipos científicos al Cubo de Moneo liberó 25 salas del edificio principal que están siendo acondicionadas gradualmente. Los responsables del museo estiman en un 50% el incremento de obras expuestas, es decir, unas 450-500, que se podrán contemplar en nuevas salas del edificio Villanueva. En octubre de 2009 se abrieron los nuevos espacios dedicados al arte del siglo XIX, desde los últimos neoclásicos hasta Sorolla, incorporando tales corrientes artísticas, a menudo subestimadas, al discurso expositivo del Museo.[58] Este nuevo despliegue tuvo su siguiente hito en mayo de 2010, con las salas de pintura española medieval y del siglo XVI anterior a El Greco, que ocupan el lugar de las antiguas salas de exposiciones temporales de la planta baja de la rotonda, en la parte norte del edificio Villanueva, con una instalación que en su parte arquitectónica ha sido ideada por el mismo Rafael Moneo.[83] En julio de 2011 se dio otro paso en la reordenación de la exhibición permanente: la Galería Central se reabrió con obras de gran formato de la pintura veneciana del siglo XVI (Tiziano, Tintoretto, Veronés), de algunos maestros italianos del primer clasicismo (Annibale Carracci, Guido Reni, Orazio Gentileschi) y de pintura flamenca del Barroco (Rubens, aunque también se colgó una obra de van Dyck y posteriormente otra de Jacob Jordaens). Finalmente, en 2012 se reabrirán las salas de la planta segunda del lado norte, en las antiguamente estaba el taller de restauración y que posteriormente, tras una remodelación a cargo de Gustavo Torner, pasaron a exhibir durante unos pocos años la colección de pintura europea del siglo XVIII. Con la reordenación su función será mostrar series de pintura barroca flamenca.[84]

  Casón del Buen Retiro

  Fachada oeste del Casón, obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco.

El hoy conocido como Casón es una de las dependencias del antiguo Palacio del Buen Retiro que han llegado a nuestros días. Concebido como Salón de Bailes de dicho palacio, quedó muy malparado tras la Guerra de la Independencia (1808-1814), tras ser ocupado y parcialmente destruido por las tropas francesas. La parte subsistente, ya como edificio autónomo y separado de lo que fue el antiguo palacio, fue objeto de varias reformas a lo largo del siglo XIX. Se le dotó entonces de monumentales fachadas neoclásicas, de las cuales la occidental, con escenográfica columnata, fue diseñada por Ricardo Velázquez Bosco (la oriental, frente al Parque del Retiro, es del discreto arquitecto Mariano Carderera). Durante este siglo el edificio tuvo diversos usos, llegando ser sede del Estamento de Próceres (precedente del actual Senado). Ya en el siglo XX, fue utilizado como sala de exposiciones, albergando varias de las más importantes que se concibieron tras el paréntesis de la Guerra Civil. Decidido ya su uso museal, quedó adscrito al Prado en 1971, albergando hasta 1997 la sección correspondiente al arte del siglo XIX, que acababa de verse extraordinariamente incrementada tras la adscripción de los fondos de esa época que habían pertenecido al extinto Museo de Arte Moderno, función muy acorde con su arquitectura decimonónica, pero de escaso atractivo para los visitantes, dada la separación del Casón del edificio Villanueva, y el desconocimiento general del arte español de esa época. Tal situación quedó paliada con la llegada del Guernica y otras pinturas muy representativas de la vanguardia pictórica española, como varias de Juan Gris. Tras la reordenación de las colecciones estatales de pintura y la creación del Museo Reina Sofía, se pensó en el Casón como espacio ideal para las exposiciones temporales del Prado. Finalmente, esas funciones y la pintura del siglo XIX han sido transferidas a la ampliación de Moneo y el edificio histórico, respectivamente. Tras ser sometido a una profunda reforma a principios del siglo XXI, que incluyó la restauración de la bóveda pintada por Luca Giordano en la sala central, es desde 2009 la sede del Centro de Estudios del Museo, la llamada Escuela del Prado, que, siguiendo el modelo de la École du Louvre, está dedicado a la investigación así como a la formación de especialistas en los diversos campos de la Historia del Arte. De este modo, el Casón alberga actualmente la Biblioteca del Museo del Prado, con la sala de lectura instalada en el salón principal bajo los frescos de Giordano. Este Centro recibió una aportación extraordinaria al donar el rey Don Juan Carlos el importe íntegro del premio que le otorgó la Mutua Madrileña (750.000 ) al Museo y destinarlo éste a tal fin.[85] El Centro abrió sus puertas por primera vez el 9 de marzo de 2009. Cuenta con libros sobre pintura, dibujo e iconografía, escultura y artes decorativas, en un arco que abarca desde la Edad Media hasta el siglo XIX. Parte de ellos son catálogos de exposiciones, existiendo también un importante fondo antiguo, en buena medida gracias a las recientes adquisiciones de las bibliotecas Cervelló y Madrazo. En total hay alrededor de 60.000 volúmenes y unos 700 títulos de revistas, 200 de ellas vivas. En 1987 se inició la digitalización de los fondos, pudiendo accederse ya a la mayoría a través de terminales instalados en la sala de lectura,[86] y desde 2012 también a través de la nueva sección Biblioteca digital de su página web, comenzando por la serie completa de catálogos generales de la colección de pinturas.[87] Uno de los principales programas que desarrolla el Centro de Estudios es el de las Cátedras anuales. La primera de ellas, la del año 2009, estuvo dedicada a analizar el presente y el futuro del Museo, teniendo como titular al director emérito del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Philippe de Montebello,[88] mientras que la de 2010-2011 se consagró a la historia del dibujo desde la Antigüedad hasta el siglo XVII, y tuvo al frente al director de la Scuola Normale Superiore di Pisa, Salvatore Settis,[89] y la de 2012 estudiará la pintura del Siglo de Oro, bajo la dirección de Jonathan Brown.[90]

  Otras sedes

  Salón de Reinos

  El Salón de Reinos, que, tras acoger durante décadas al Museo del Ejército, será reformado en los próximos años para su uso por el Prado.

Correspondiente al ala principal (norte) del antiguo Palacio del Buen Retiro, recibe su nombre por haber albergado originalmente el Salón de Reinos o de Embajadores, donde el rey recibía a los dignatarios extranjeros; dicho espacio se concibió como una escenográfica puesta en escena de la monarquía española, con grandes cuadros encargados por Felipe IV a los principales pintores de la época, entre ellos Velázquez (La rendición de Breda y los retratos ecuestres de Felipe III, la reina Margarita de Austria, Felipe IV, la reina Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos), Juan Bautista Maíno (La recuperación de Bahía) y Zurbarán (la serie de Los trabajos de Hércules, La Defensa de Cádiz contra los ingleses y otro cuadro de batalla hoy perdido). Tras la casi total destrucción del palacio (ver Casón del Buen Retiro) esta parte del mismo fue destinada a albergar el Museo del Ejército, y muy modificada para dicho fin. En el concurso internacional para la ampliación del Museo del Prado (1995-1996),[91] ya se preveía la adscripción al mismo de este edificio, para lo cual se ordenó el traslado del Museo del Ejército al Alcázar de Toledo. La previsión inicial era licitar la obra en 2009 o 2010 y realizar la adjudicación, ejecución de trabajos y habilitación en el periodo 2010-2012, con un presupuesto de 42,5 millones de , destinándolo tanto a exposiciones temporales como a exhibir obras de la propia colección permanente del Museo.[92] Sin embargo, la estimación final del coste de los trabajos necesarios se ha elevado por encima de los 90 millones y el proyecto, a pesar de estar contemplado en el Plan de Actuación 2009-2012, permanece aplazado sin fecha. A causa de ello la reordenación de la colección se ha ejecutado finalmente sin contar con este edificio, cuya función cuando esté disponible (mostrar con mayor profundidad ciertas facetas de las colecciones o bien acoger muestras temporales) queda sin concretar.[84]

  Edificio Aldeasa

  El Edificio Aldeasa, sede de las oficinas del Museo.

Situado junto al Claustro de los Jerónimos, se trata de un edificio de oficinas de factura contemporánea. Perteneciente al Patrimonio del Estado, estuvo inicialmente asignado a la empresa de dicho nombre, entonces de propiedad estatal, hasta que fue privatizada en 1997. Fue entonces adscrito al Prado por iniciativa del entonces Presidente del Gobierno José María Aznar, para instalar en él las oficinas del Museo, hasta entonces ubicadas en la segunda planta del ala sur del edificio Villanueva, en la que tras el desalojo se habilitaron once nuevas salas, diez que acogen obras de Goya (entre ellas los cartones para tapices) y de contemporáneos suyos, como Paret y Maella, y una circular que se utilizó inicialmente como sala de exposiciones temporales de dibujos, y que, tras el traspaso de las actividades expositivas al Edificio Jerónimos, se ha habilitado como sala de bocetos y pinturas de gabinete españoles del siglo XVIII.[93] La rehabilitación del conjunto de estas salas se hizo según proyecto del artista Gustavo Torner, que ya previamente había diseñado la de la segunda planta del lado norte y varias salas más de las plantas baja y primera.[94] Por otro lado, en el edificio contiguo, en el número 21 de la calle Ruiz de Alarcón, está la sede de la Fundación Amigos del Museo.

  Palacio de los Águila (Ávila)

  Palacio de los Águila, en Ávila, futuro Centro de Gestión de Depósitos del Museo.

Este edificio abulense, conocido como Casa de Miguel del Águila, por quien mandó construirlo en 1546, o, más comúnmente, como Palacio de los Águila, fue adquirido en 1901 por don José María de Narváez, duque de Valencia. En 1983 falleció su última propietaria privada, doña María Luisa Narváez Macías, duquesa de Valencia, que lo legó al Estado con todo su contenido para la instalación de un museo, legado aceptado en 1985. Inicialmente (1992) fue adscrito al Museo de Ávila, pero mediante un nuevo Convenio de colaboración entre el entonces Ministerio de Educación y Cultura y la Junta de Castilla y León se cambió la adscripción, pasando a estar asignado desde entonces al Museo del Prado.[95] De este modo, este antiguo palacio de típica cantería abulense pasaba a ser la primera sede del Prado fuera de Madrid, siendo destinado a acoger el Centro de Gestión de Depósitos (véase sección El "Prado disperso"). Arquitectónicamente sigue los modelos típicos de las casas señoriales abulenses de la época. Sus líneas son muy sobrias, concentrándose la escasa decoración en la portada, en la que figuran tres escudos sostenidos por águilas. Consta de dos pisos con un patio. Las labores para la adaptación a su nuevo uso se iniciaron en 2003, pero han pasado por muchas vicisitudes, incluido un contencioso entre el Ministerio y la empresa adjudicataria que acabó con la rescisión del contrato y la adjudicación a una nueva contratista. También ha habido retrasos a causa del hallazgo de restos arqueológicos romanos, medievales y modernos, resultando todo ello en que en la actualidad (2010) las obras no hayan aún concluido.[96]

  Actividad científica

El Museo Nacional del Prado cuenta con un importante número de investigadores en sus distintas Áreas de Conservación, y establece colaboraciones con otros reputados investigadores e historiadores del Arte para desarrollar algunos de sus proyectos más importantes. Además, de forma continua, publica un Boletín en el que prestigiosos autores estudian aspectos inéditos de muchas de sus obras, así como un amplio número de catálogos de exposiciones y catálogos razonados de sus cuantiosas colecciones. Cuenta con un gabinete técnico y un laboratorio químico en el que se hacen estudios de las obras de su colección o de otras obras importantes, en relación con campañas de restauración. El Museo, además, a través de su Área de Educación, organiza Cursos de Alta Especialización, Congresos internacionales y symposia. La reciente creación del Centro de Estudios del Museo viene a reforzar la actuación del Prado en este campo (ver sección Casón del Buen Retiro).

  Política de exposiciones

  Vista de la Galería Central, en la que se montaron durante años las exposiciones de gran formato hasta la inauguración de las salas del Edificio Jerónimos.

El Museo Nacional del Prado lleva a cabo una intensa política de exposiciones temporales que revisa, conmemora y da a conocer los aspectos de la Historia del Arte que más estrechamente se relacionan con sus propios fondos, o que los complementan. Así, el Prado ha repasado a través de exposiciones los grandes núcleos de interés de sus colecciones, desde la pintura medieval hasta la del siglo XIX,[97] pasando por muestras dedicadas a algunos de sus pintores más significativos como El Greco (a quien estuvo consagrada la primera exposición monográfica que realizó, en 1902),[98] [99] Murillo, Zurbarán, Ribera, Patinir,[100] Durero,[101] Tiziano,[102] Tintoretto,[103] Velázquez,[104] o Goya,[105] aunque también las ha habido de artistas que no tienen representación o están escasamente representados a pesar de tratarse de grandes pintores, como Vermeer,[106] Rembrandt o Turner, además de otras dedicadas a algunos de los coleccionistas más importantes relacionados con su historia, como Felipe II,[107] Felipe IV,[108] Cristina de Suecia, Carlos I de Inglaterra,[109] Felipe V,[110] o Ramón de Errazu.[111]

Desde abril de 2007 y en conexión con la apertura de la ampliación de la Pinacoteca, que tendría lugar en noviembre de ese año, dio comienzo una nueva política de exposiciones que asume la exhibición de obras de artistas contemporáneos. Hasta ahora se han celebrado ya una exposición de fotografías de Museos de Thomas Struth,[112] que se convirtió así en el primer artista vivo que expone en el Prado desde el siglo XIX, también se ha visto una selección de obras de artistas españolas en activo con las colecciones del Prado como referencia en común,[113] un happening de Miquel Barceló acompañado del coreógrafo Josef Nadj,[114] una de Cy Twombly[115] inspirada en la Batalla de Lepanto y una antológica de Francis Bacon,[113] que redefinen así la misión sustancial del Prado en la cultura española y le implican directamente en la acción del Estado sobre el arte actual. Este nuevo rumbo del Museo ha suscitado importantes críticas por reconocidos expertos en el campo de la museología y la historia del arte.[116] De hecho, se ha considerado que esta nueva programación podría afectar de algún modo al real decreto de 17 de marzo de 1995 que marca el límite de la actividad museística entre los dos grandes museos nacionales españoles de pintura y que señala que los artistas nacidos después de 1881, año del nacimiento de Picasso, corresponden salvo algunas excepciones que están especificadas en ese documento legal, al Museo Reina Sofía, cuya acción quedaría menoscabada por la del Prado.[117] [118]

Desde 2009 se inició una nueva modalidad dentro de este apartado con el programa La obra invitada, en colaboración con otros museos del mundo, y mediante el cual se han expuesto La Magdalena Penitente de Georges La Tour, prestada por el Museo del Louvre, La compañía del capitán Reijnier Reael (Frans Hals, Rijksmuseum), Las hijas de Edward Darley Boit (Sargent, Museo de Bellas Artes de Boston), El Descendimiento (Caravaggio, Museos Vaticanos) y La acróbata de la bola (Picasso, Museo Pushkin).

Además hay conciertos, representaciones teatrales y se realizan proyecciones de largometrajes y documentales como complemento de las exposiciones, y también existen ciclos de conferencias, en muchos casos conectados igualmente con las muestras temporales. Asimismo desarrolla una amplia labor difusora del conocimiento de sus colecciones a través de ambiciosos programas educativos destinados a centros docentes fuera y dentro de la Comunidad de Madrid.

  Algunas curiosidades

  • Ningún museo o colección en el mundo supera al Prado en cuanto a la representación de los siguientes artistas:
  • El Greco (36 pinturas y dos esculturas).
  • Velázquez (48 pinturas, de las poco más de 120 catalogadas, entre ellas casi todas sus obras capitales).[39]
  • Goya (133 pinturas, incluyendo casi todos sus cartones para tapices). Es el artista del que posee un mayor número de obras.
  • Eduardo Rosales (casi 200 obras, entre pinturas y dibujos).
  • Tiziano (40 pinturas).
  • Luca Giordano (más de 70 pinturas).
  • Zurbarán.
  • Maíno. El Museo posee el mejor conjunto de obras de este artista, al que dedicó una exposición antológica en 2009.
  • El Bosco (6 obras seguras y varias más atribuidas).
  • Patinir (varias de sus obras maestras, de su reducida producción).
  • Rubens (casi cien obras, algunas pintadas a dúo con otros artistas).
  • Ribera (51 pinturas, incluyendo muchas de sus obras maestras).
  • Antonio Moro (15 pinturas).[119]
  • En sus inicios, el Museo abría apenas dos o tres días a la semana, y cerraba siempre que llovía, se supone que para evitar masificaciones y suciedad. Por otro lado, durante un tiempo las salas de escultura no estuvieron debidamente pavimentadas, y el polvo debía eliminarse regando el suelo con agua, aunque pronto se esteró y posteriormente se instaló tarima de madera en casi todas las salas. Por cuestiones de seguridad, la madera fue sustituida por mármol después de los años 30.
  • En 1961 un ladrón intentó entrar al Museo por el tejado, aunque cayó al vacío y falleció. Llevaba preparado en un bolsillo un papel en el que dictaba las condiciones para la recuperación de los cuadros.[123]
  • El cuadro Degollación de San Juan Bautista y banquete de Herodes, de Bartholomäus Strobel el Joven, expuesto en la primera planta del Edificio Villanueva frente a la batería central de ascensores, es el de mayor longitud del Museo con sus 952 cm por 280 de alto, aunque lo supera en superficie la Alegoría de la donación del Casino a la reina Isabel de Braganza por el Ayuntamiento de Madrid, de Vicente López (620 cm de longitud y 950 de altura), pintada para decorar el techo del desaparecido Casino de la Reina y que en el Museo está instalada en el de la sala 39, dedicada a Los primeros Borbones.[124] [125] [126]

  Véase también

  General

  Colecciones

  Arquitectura

  Notas y referencias

  Notas

  1. La puerta baja de Goya está en la actualidad inhabilitada para el acceso al edificio al haberse instalado en ella la taquilla en el proceso de ampliación.

  Referencias

  1. «El Museo del Prado en cifras. Ejercicio 2011» (en español). Museo Nacional del Prado (2-1-2012). Consultado el 2-1-2012.
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